{"id":87645,"date":"2026-04-05T00:31:30","date_gmt":"2026-04-05T04:31:30","guid":{"rendered":"https:\/\/pldaldia.com\/portada\/?p=87645"},"modified":"2026-04-05T00:31:30","modified_gmt":"2026-04-05T04:31:30","slug":"habichuelas-con-dulce-lo-que-somos-y-lo-que-estamos-dejando-de-ser","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/pldaldia.com\/portada\/habichuelas-con-dulce-lo-que-somos-y-lo-que-estamos-dejando-de-ser\/","title":{"rendered":"Habichuelas con dulce: lo que somos\u2026 y lo que estamos dejando de ser"},"content":{"rendered":"<p>Por: Zoraima Cuello | Hay pueblos que se explican en sus constituciones, en sus guerras, en sus grandes l\u00edderes o en sus ciclos econ\u00f3micos. Y hay otros que se revelan con igual claridad en sus rituales m\u00e1s t\u00edpicos e \u00edntimos.<\/p>\n<p>Las habichuelas con dulce pertenecen a esa segunda categor\u00eda.<\/p>\n<p>No es solo un postre que hacemos en Semana Santa. Es el resultado de la memoria colectiva, una s\u00edntesis cultural y met\u00e1fora de naci\u00f3n. En ella hay historia, mestizaje y sentido de comunidad. Nos recuerda que somos un pueblo que mezcla, transforma y comparte, y que ha convertido la combinaci\u00f3n improbable (habichuelas, leche, coco, batata, az\u00facar, pasas, galletitas, canela, clavo dulce) en identidad irrenunciable.<\/p>\n<p>Y hay algo m\u00e1s que merece atenci\u00f3n: se cocina para dar. No para guardar. Se entrega al vecino, al conocido, al extra\u00f1o que toca la puerta. En ese gesto hay una pedagog\u00eda silenciosa que ning\u00fan programa de gobierno ha logrado superar: la pr\u00e1ctica espont\u00e1nea de la solidaridad.<\/p>\n<p>Esa es la met\u00e1fora pa\u00eds que m\u00e1s me interesa. No la que celebramos en los discursos. La que vivimos sin pensarlo. Pero vivir sin pensarlo tiene dos caras. Una produce solidaridad. La otra, normalizaci\u00f3n.<\/p>\n<p>La Semana Santa nos llama a distinguir entre ambas. La tradici\u00f3n cristiana nos muestra a Jes\u00fas entrando al templo el Lunes Santo y confrontando aquello que hab\u00eda perdido su sentido. No fue un gesto menor. Fue la acci\u00f3n m\u00e1s inc\u00f3moda posible: decir la verdad en un espacio que hab\u00eda aprendido a vivir sin ella. Eso hizo: nombrar la distorsi\u00f3n, ordenar lo desviado, restituir la coherencia donde se hab\u00eda perdido.<\/p>\n<p>Vista desde hoy, esa escena interpela.<\/p>\n<p>Y mientras compartimos esa olla de habichuela, la escena del templo nos plantea una pregunta inc\u00f3moda: \u00bfqu\u00e9 estamos normalizando que no deber\u00edamos aceptar? Ese deslizamiento no llega de golpe. Llega disfrazado de pragmatismo, de realismo, de \u00abas\u00ed son las cosas\u00bb. Llega cuando nadie lo est\u00e1 mirando. Y cuando nos damos cuenta, hemos cedido terreno que jur\u00e1bamos inamovible.<\/p>\n<p>Lo vemos en las cifras de feminicidios, que contin\u00faan en ascenso, coloc\u00e1ndonos en el segundo lugar de Am\u00e9rica Latina en muertes de mujeres, solo despu\u00e9s de Honduras. Lo vemos en un sistema de emergencias y seguridad concebido para proteger vidas, que hoy opera por debajo de los est\u00e1ndares de calidad y rapidez que una vez tuvo. Lo vemos en un presupuesto educativo que se ejecuta de manera incompleta, sin que exista rendici\u00f3n de cuentas sobre las brechas.<\/p>\n<p>Lo vemos en hospitales cuyos servicios se deterioran entre promesas y resultados insuficientes; en el crecimiento de la n\u00f3mina p\u00fablica sin criterios claros de calidad del gasto; en un endeudamiento que no se traduce en bienestar tangible para la ciudadan\u00eda; y en irregularidades administrativas que persisten sin consecuencias.<\/p>\n<p>Pero tambi\u00e9n lo vemos en lo cotidiano: en la imprudencia al conducir, cuando se irrespeta un sem\u00e1foro en rojo, se invade la v\u00eda contraria o se exceden los l\u00edmites de velocidad. Porque el deterioro institucional no es solo un problema del Estado; es, tambi\u00e9n, un reflejo de las pr\u00e1cticas que como sociedad toleramos.<\/p>\n<p>Un pueblo que aprende a vivir con la distancia entre lo que exige y lo que tolera, tarde o temprano pierde la capacidad de exigirse a s\u00ed mismo. Y esa p\u00e9rdida no se recupera con discursos. Se recupera con decisiones.<\/p>\n<p>El Lunes Santo no es un d\u00eda para se\u00f1alar a otros. Es un d\u00eda para mirarnos. Para preguntarnos qu\u00e9 tipo de pa\u00eds estamos construyendo no solo con las pol\u00edticas que aceptamos sin cuestionar, sino tambi\u00e9n con lo que toleramos en la calle y consentimos en el poder. La respuesta, curiosamente, ya la sabemos. La demostramos cada a\u00f1o en cada olla de habichuelas con dulce que compartimos sin que nadie lo ordene. Somos capaces de transformar ingredientes simples en algo extraordinario. Somos capaces de dar sin que nos lo pidan.<\/p>\n<p>Esa misma capacidad es la que le debemos a nuestras instituciones. La identidad tambi\u00e9n se construye en eso: en lo que decidimos no normalizar.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Zoraima Cuello | Hay pueblos que se explican en sus constituciones, en sus guerras, en sus grandes l\u00edderes o en sus ciclos econ\u00f3micos. Y hay otros que se revelan con igual claridad en sus rituales m\u00e1s t\u00edpicos e \u00edntimos. Las habichuelas con dulce pertenecen a esa segunda categor\u00eda. 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