La población está hoy indignada con la vulgar provocación de un grupo que reclama la nacionalidad dominicana, sin someterse a la reglamentación que creó el Estado con ese propósito.
Se presentaron frente a la puerta de El Conde, el mismo lugar donde por primera vez se izó la bandera dominicana el 27 de febrero de 1844, desafiando a las autoridades y con reclamos de actos del estado civil que no le corresponden
Un grupo de ciudadanos haitianos llegaron a bailar y a protestar en la misma Puerta de El Conde, con expresiones insultantes e irrespetuosas
Con equipos de amplificación de sonido y bailes, montaron una fiesta reclamando de manera imperativa que sean reconocidos como Dominicanos, en una escena más que humillante debido al lugar.
Un atrevimiento que ningún dominicano es capaz de propiciar, una afrenta contra los símbolos patrios.
De los reportes periodísticos se deduce que la provocación fue una acción fríamente calculada, una bravuconada usando menores como carne de cañón.
Es una reiteración de una práctica de organizaciones injerencistas que presionan por la anulación de la sentencia 168-13 y la Ley de Migración, que también se ha colado en la agenda de organismos internacionales
Siguiendo el historial de estos señores, podemos adelantar que seguirán otras acciones similares, de igual o mayor magnitud provocadora, que debemos responder con cautela y ecuanimidad.
La mejor arma para el combate a esta grotesca ingerencia esta en la Constitución de la Republica y en las Leyes, que definen con propiedad quien es o quien no es dominicano.
Malas acciones originan errores que suelen atraer consecuencias funestas o como lo dice el refrán : “Quien siembra vientos cosechará tempestades”


