Cooperativas: Un modelo que construye justicia y equidad

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Por: J. Osiris Mota | Mientras el sistema financiero tradicional sigue envuelto en escándalos, las cooperativas emergen como una alternativa sólida, democrática y justa para combatir la pobreza y promover la inclusión.

En 2012, la Organización de las Naciones Unidas proclamó el Año Internacional de las Cooperativas, reconociendo el papel fundamental de este modelo en la construcción de un futuro sostenible. El entonces secretario general Ban Ki-moon expresó con claridad: “Las cooperativas tienen un papel clave en el camino hacia un futuro sostenible que beneficie a toda la población”. También advirtió que la desigualdad representa un obstáculo para el desarrollo, y que las cooperativas ofrecen un modelo económico capaz de enfrentar ese desafío.

La declaración de la ONU no fue un gesto simbólico: fue un llamado global a reconocer el valor de un sistema empresarial basado en la participación democrática, la equidad y la sostenibilidad. En contraste con las estructuras financieras tradicionales, las cooperativas no exigen grandes capitales ni complejos trámites burocráticos para integrarse. Basta con acercarse, manifestar voluntad de participación y hacer un aporte —en trabajo, bienes o recursos— para convertirse en socio con los mismos derechos que cualquier otro.

Aquí no hay accionistas mayoritarios con privilegios ni decisiones tomadas a espaldas de quienes sostienen la institución. Todos los socios tienen voz, voto y derecho a beneficiarse de los excedentes que genera la gestión colectiva, en proporción a sus aportes, pero bajo un principio común: la equidad solidaria.

Esta es una de las grandes fortalezas del cooperativismo: su capacidad de distribuir beneficios de forma justa, sin excluir a nadie por razones económicas. Se trata de un modelo que no solo genera desarrollo económico, sino que lo hace de forma inclusiva, con compromiso social y control comunitario.

Frente a esto, el sistema financiero tradicional nos ofrece una realidad preocupante. En los últimos años, han salido a la luz múltiples casos de fraudes, quiebras y operaciones dudosas en bancos y entidades privadas, en los que los verdaderos afectados son siempre los mismos: los clientes. Aunque son ellos quienes colocan su dinero y sostienen estas instituciones, no participan en las decisiones ni en la distribución de beneficios. Las pérdidas, en cambio, sí se cargan a sus cuentas sin posibilidad de defensa.

Las cooperativas, por el contrario, promueven la transparencia, la responsabilidad compartida y la construcción de capital social. Son una herramienta poderosa para reducir la pobreza, fortalecer el tejido comunitario y avanzar hacia un desarrollo más justo.

Quienes formamos parte de este modelo tenemos una tarea clara: proteger su integridad, ampliar su alcance y garantizar que las prácticas se mantengan dentro de los principios cooperativos. La transparencia, la honestidad y la participación activa deben ser pilares no negociables, tanto para los socios como para los organismos de supervisión.

En tiempos donde la confianza en muchas instituciones se ve erosionada, las cooperativas siguen siendo un ejemplo de cómo la economía puede estar al servicio de las personas, y no al revés. Apostar por ellas no es solo una decisión económica: es una apuesta por una sociedad más justa, participativa y humana.