|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Por: Sergio Sarita Valdez | Inmensa e indescriptible nos resulta tratar de plasmar por escrito la emoción que se experimenta cuando traemos al presente un recuerdo que data de tres cuartos de siglo. Mi venerada abuela solía entretener a sus nietos leyéndonos cada noche y de modo intercalado un capítulo de Las mil y una noches o de Don Quijote de la Mancha. Del libro de cuentos nos hablaba del cruel rey Schahriar, quien, herido por una infidelidad, decidió contraer nupcias con una doncella virgen cada noche para sacrificarla a la mañana del día siguiente. Sherezade, una joven del pueblo elaboró una estratagema para poner fin a la tragedia programada.
Decidió solicitar al monarca, en la noche nupcial, relatarle un cuento y que, tan pronto concluyera su narrativa, él podía quitarle la vida. Schahriar accedió a la petición y la valiente dama encadenó una serie de historias que tanto intrigaron al esposo que, luego de mil noches consecutivas, optó por desistir de su cruel castigo.
Un salto gigante de la fantasía infantil que envolvía nuestra mente a mediados del pasado siglo XX a la dura realidad de mayo de 2026, donde el mundo es testigo del cierre del estrecho de Ormuz por parte de los Estados Unidos de Norteamérica y la República Islámica de Irán. Se informa que más de mil quinientos barcos petroleros están impedidos de transitar libremente por dicha vía marítima. Las repercusiones sociales, económicas y políticas del conflicto bélico abarcan Asia, Europa, África, Oceanía y toda América, es decir, a todos los países.
Tal estado de cosas nos conduce a una obra literaria escrita al concluir el pasado milenio por un inmortal del humor escrito, el uruguayo Eduardo Galeano. El libro se titula Patas arriba: La escuela del mundo al revés. El texto abre del siguiente modo: «¡Vayan pasando! ¡Entren en la escuela del mundo al revés! ¡Que se alce la linterna mágica! ¡Vengan a ver el río que echa fuego! ¡El Señor Sol iluminando la noche! ¡La señora Luna en pleno día! ¡Las señoritas Estrellas echadas del cielo! ¡El bufón sentado en el trono del rey! ¡El aliento de Lucifer nublando el universo! ¡Los muertos paseándose con un espejo en la mano!».
Con la anuencia de los lectores, regreso a la infancia y a la siguiente noche en que la madre de mi padre cambia de texto y pasa al capítulo segundo del Quijote, del cual transcribo el siguiente fragmento: «Dichosa edad y siglo dichoso aquel adonde saldrán a la luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser cronista de esta peregrina historia! Ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío, en todos mis caminos y carreras».
En ese siglo XVII que arranca en Occidente con Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare montados en las ancestrales historias orientales, nadie soñaba con armas nucleares. El mundo hubo de esperar hasta 1945, cuando las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki sintieron en carne viva los devastadores efectos de sendas bombas atómicas. ¡Ojalá el universo aún no haya perdido la cordura y que todavía habite gente que vea a la humanidad como una hermandad!






