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Por: Margarita Cedeño | Cada 16 de agosto la bandera dominicana parece ondear con un significado distinto. No celebramos solamente una victoria militar. Conmemoramos la decisión de un pueblo de recuperar su soberanía, defender su dignidad y demostrar que la libertad, cuando está verdaderamente arraigada en el alma de una nación, puede ser amenazada, pero nunca definitivamente arrebatada.
El 16 de agosto de 1863, en el Cerro de Capotillo, un grupo de patriotas levantó nuestra bandera y dio inicio a la Guerra de la Restauración. Habían transcurrido apenas dos años desde la anexión a España. Aquellos dominicanos se enfrentaron a fuerzas superiores, pero poseían algo difícil de derrotar, que era su convicción de que esta tierra tenía derecho a decidir su propio destino.
Para mí, esta fecha tiene también una dimensión profundamente personal. Crecí escuchando una historia familiar que siempre me ha emocionado, la de mi bisabuelo, Rafael Matos Cuevas, Falé, soldado de la Restauración y, según me han contado sus sobrinos, ya muy adultos, llegó a alcanzar el rango de general. Pienso en su gallardía y patriotismo, especialmente cada 16 de agosto.
No puedo reconstruir todos sus pasos ni conozco cada episodio de aquella historia. Pero puedo imaginar el valor que requería abandonar la seguridad de lo conocido, enfrentar los peligros de una guerra y estar dispuesto a arriesgar la vida por una causa que trascendía la propia existencia. Quizás por eso la Restauración nunca ha sido para mí solamente una página de nuestros libros de historia. La siento también como una herencia.
Y las herencias más importantes no son las materiales. Son los valores que atraviesan generaciones y terminan convirtiéndose, muchas veces sin advertirlo, en nuestra manera de mirar el mundo. De aquellos restauradores heredamos la determinación de defender lo nuestro, el amor por la libertad, el sentido de dignidad nacional y la certeza de que existen causas por las cuales vale la pena luchar.
Hoy nuestras batallas son diferentes. Ya no tenemos que subir a Capotillo con las armas en las manos para recuperar la República. Pero todavía debemos conquistar libertades, defender derechos y derribar las barreras que impiden a demasiados dominicanos desarrollar plenamente sus capacidades.
Por eso entiendo el patriotismo no solo como el orgullo de nuestra bandera o la emoción de escuchar nuestro himno. Patriotismo es también trabajar para que ningún niño vea limitado su futuro por haber nacido en un hogar pobre; para que una mujer pueda vivir sin violencia y avanzar sin discriminación; para que nuestros jóvenes encuentren oportunidades en su propia tierra; para que las personas envejezcan con dignidad; y para que el progreso llegue también a quienes históricamente han permanecido al margen.
Esa ha sido una de las convicciones que ha guiado mi vida pública, crear oportunidades, ampliar libertades, defender derechos y procurar que el desarrollo tenga rostro humano.
Creo en una República Dominicana donde el lugar en que se nace no determine hasta dónde se puede llegar. Donde la educación sea una verdadera puerta hacia la movilidad social. Donde la tecnología reduzca desigualdades en lugar de profundizarlas. Donde mujeres y hombres tengan las mismas posibilidades. Donde la solidaridad no sea caridad, sino expresión de ciudadanía y justicia.
Porque una nación no termina de conquistar su libertad mientras una parte de su gente permanezca excluida. Cuando pienso en aquel abuelo que conocí a través de las historias de mi familia, me gusta creer que algo de su espíritu restaurador atravesó las generaciones.
Él luchó por una patria libre.
A mí me corresponde, desde otro tiempo y con otras herramientas, seguir luchando para que esa libertad se traduzca en derechos, oportunidades y dignidad para todos. Porque cada generación tiene su propia Restauración.






