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Por: Sergio Sarita Valdez | El día 10 de abril de 1931 quedó registrado en la ciudad de San Felipe, común cabecera de la provincia Puerto Plata, la fecha de nacimiento del pianista compositor Rafael Solano Sánchez, quien 37 años después escribiría las letras y la música de un himno universal titulado “Por Amor”.
Es muy profundo el contenido de las letras, así como bien pegajosa la música agregada. La magia de la obra musical descansa en lo amplia y variada de la acción del verbo amar. El segundo mandamiento cristiano contenido en el Nuevo Testamento sentencia así: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
Resulta una paradoja universal el hecho de que pueblos que dicen ser cristianos se comporten como el antónimo bíblico, es decir, sembrando el odio en sus semejantes. Con razón el escritor uruguayo Eduardo Galeano, ido a destiempo, nos hablaba del mundo patas arriba. Naciones que profesan el cristianismo libran guerras con un diario activo de matanza que engloba niños, adultos y ancianos. No existe argumento ético válido que justifique el homicidio voluntario internacional. Nadie tiene derecho a privar de la vida a otra persona. En la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas se lee: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”. El pasado presidente de México Benito Juárez dejó una frase profundamente humana la cual se ha convertido en profética expresión mundial: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.
Desde la infancia hogareña y escolar se deben inculcar valores racionales que conviertan al niño en un ciudadano mundial cuya visión no la enturbien fronteras ni mares, ni origen social, étnico ni cultural. Ni la piel, ni el idioma, ni el lugar de nacimiento deben ser convertidos en barreras con el malsano propósito de dividir la fraternidad universal. Lo nacional debe ser visto como un eslabón de nuestra cadena mundial. Tras ocho décadas vividas he tenido la suerte de convivir, visitar y conocer variedades culturales de individuos, pueblos, naciones y continentes. En cada región he podido constatar lo saludable de la diversidad gastronómica, artística, lingüística y religiosa. He aprendido a respetar, compartir y disfrutar otros ambientes.
Gran daño sufre quien odia, se resiente y percibe como superior a los demás. Sesenta años de experiencia disecando miles de cadáveres de ambos sexos y de diferentes edades nos permiten confirmar las similitudes anatómicas acordes con el desarrollo humano. Más llamativo todavía resultan las coincidencias orgánicas entre animales de distintas especies, incluido el Homo sapiens. Compartimos entre el 80% y el 90% de nuestro genoma con el de las ratas y ratones. Nuestros genes son similares en un 99% a los de un chimpancé. Ante estas evidencias biológicas, insistimos en no dividirnos entre humanos. Más que buscar las diferencias, deberíamos acercarnos como hermanos en una sana convivencia que nos permita enfrentar unidos los retos ambientales, las pandemias y la crisis alimentaria.
La paz permite que trabajemos y disfrutemos en conjunto de los bienes que nos brinda la madre tierra. Cuidarla es obligación del colectivo. Solo mentes y corazones unidos en el amor por la paz salvan el planeta.
¡Quien siembra odio, eso cosecha! ¡Quien siembra amor tiene un bello tesoro para compartir!






