Ansar Allah: el epitafio de la hegemonía saudí

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Por: Iscánder Santana | Ansar Allah, el movimiento nacido en las montañas del norte yemení, ha logrado lo que parecía imposible — transformar una resistencia local en un desafío frontal a la hegemonía saudí y emiratí. Durante años, Yemen fue tratado como territorio subordinado, un espacio donde Riad y Abu Dabi impusieron gobiernos, bloqueos y bombardeos, convencidos de que su poder económico y militar bastaba para someter a un país empobrecido. Pero la historia dio un giro inesperado. Los yemeníes, lejos de rendirse, encontraron en Ansar Allah un símbolo de dignidad nacional — una fuerza capaz de enfrentar al tirano árabe y a sus acólitos con una convicción que ni la tecnología ni el dinero pudieron quebrar.

Autonomía, no subordinación

La narrativa que intenta reducirlos a simples «proxis iraníes» nunca logró explicar su autonomía política ni su arraigo social. Ansar Allah no es una «marioneta»; es un movimiento con identidad propia, con raíces zaydíes y con una visión nacionalista que se ha fortalecido precisamente por la intervención externa. Su lucha no nace en Teherán, sino en décadas de marginación y abandono estatal. Irán los apoya, sí, pero no los controla. La alianza existe porque sus intereses coinciden, no porque Ansar Allah obedezca órdenes. Esa diferencia es crucial para entender por qué Arabia Saudita, con todo su arsenal, no pudo derrotarlos.

El mar Rojo como arma

Mientras la coalición árabe se fracturaba y los Emiratos se estancaban en el sur, Ansar Allah consolidaba el norte yemení y avanzaba hacia el mar Rojo. Su control de la costa que domina Bab el-Mandeb le otorgó una herramienta estratégica que cambió el equilibrio regional. Desde allí puede presionar a Arabia Saudita, afectar rutas globales y proyectar poder más allá de Yemen. La geografía, que durante años fue una condena para el país, se convirtió en su arma más eficaz.

El repliegue estadounidense

En este escenario, Estados Unidos observa cómo se desvanece su protagonismo. La arquitectura de alianzas que construyó durante décadas ya no funciona como antes. No pudo garantizar la victoria saudí, no pudo contener el avance de Ansar Allah y no puede revertir el desgaste de su influencia en la región. La política estadounidense en Oriente Medio se enfrenta a actores que ya no esperan permiso para actuar, que no dependen de Washington para definir su destino y que han aprendido a resistir incluso bajo sanciones y presiones internacionales.

Irán, el gran beneficiario

En ese vacío de poder emerge Irán como la gran potencia regional. No por expansión territorial, sino por su capacidad de tejer alianzas flexibles basadas en actores locales con autonomía propia. Controla de facto el estrecho de Ormuz, influye en Irak, Siria y Líbano, y ha demostrado que puede desafiar a Estados Unidos sin entrar en guerra directa. Ansar Allah forma parte de ese ecosistema estratégico, pero mantiene su propio proyecto nacional. Esa combinación — autonomía local y convergencia regional — es lo que ha permitido que Yemen, un país devastado, se convierta en el epicentro del declive de la hegemonía saudí.

La rebelión de Ansar Allah no es solo una guerra más en Oriente Medio. Es la prueba de que la hegemonía no es eterna, de que los pueblos pueden levantarse contra quienes los subestiman y de que la política regional entra en una nueva era. Arabia Saudita y los Emiratos apostaron por la fuerza; Ansar Allah apostó por la resistencia. Y en el tablero actual, la resistencia ha demostrado ser más duradera que el poder.