Anticipar para gobernar mejor

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Por: Margarita Cedeño | Vivimos una paradoja. Nunca habíamos tenido tanta información para comprender lo que sucede y, sin embargo, pocas veces había sido tan difícil anticipar lo que viene. Una decisión tomada a miles de kilómetros puede alterar el precio de los alimentos o de la energía. Una innovación tecnológica puede transformar una profesión en cuestión de meses. Una crisis sanitaria, una guerra o una disrupción logística pueden afectar rápidamente la vida cotidiana de millones de personas. Esta es la nueva realidad de gobernar.

Durante mucho tiempo, la planificación pública partió de una premisa razonable. Observar el pasado, proyectar tendencias y organizar recursos para alcanzar determinados objetivos. Ese método sigue siendo necesario, pero ya no es suficiente. Cuando el entorno cambia más rápido que nuestros planes, gobernar exige algo adicional. Capacidad de anticipación.

Anticipar no significa adivinar el futuro. Significa prepararnos para distintos futuros posibles y construir instituciones capaces de responder cuando las circunstancias cambian. Algunos países llevan años desarrollando esa capacidad. Finlandia ha incorporado la prospectiva a su sistema de gobierno y utiliza análisis de futuro para alimentar el debate público y la toma de decisiones. Singapur comenzó hace décadas a trabajar con escenarios y hoy cuenta con un Centro para Futuros Estratégicos dentro de la Oficina del Primer Ministro, encargado de estudiar tendencias emergentes, detectar posibles disrupciones y fortalecer la capacidad del Estado para anticiparlas. La lección de estas experiencias es que anticipar también es gobernar. República Dominicana debería comenzar a desarrollar una verdadera capacidad nacional de prospectiva, conectada con la planificación, el presupuesto y las decisiones del Estado. Podría crearse un mecanismo permanente, pequeño y altamente especializado, que articule al Gobierno, las universidades, el sector privado, la comunidad científica y la sociedad civil para identificar los grandes cambios que podrían afectar al país durante los próximos diez o veinte años.

¿Qué empleos cambiarán con la inteligencia artificial? ¿Qué nuevas competencias necesitarán nuestros jóvenes? ¿Cómo impactará el envejecimiento de la población en la salud, las pensiones y los cuidados? ¿Qué ocurriría ante una interrupción prolongada del comercio internacional? ¿Estamos preparando nuestras ciudades para fenómenos climáticos más extremos? Estas preguntas no pertenecen al futuro. Las decisiones para responderlas deben comenzar hoy. También necesitamos introducir una práctica todavía poco habitual. Poner a prueba las políticas antes de que las circunstancias las pongan a prueba por nosotros. ¿Qué haríamos si el petróleo subiera abruptamente? ¿Si la inteligencia artificial desplazara miles de empleos? ¿Si una epidemia obligara nuevamente a alterar la actividad económica? ¿Si una crisis internacional afectara el turismo, las remesas o nuestras importaciones de alimentos? Pensar estos escenarios no es pesimismo. Es responsabilidad.

La tecnología puede convertirse en una poderosa aliada. La inteligencia artificial permite analizar enormes cantidades de información, detectar patrones, identificar señales tempranas y construir escenarios más sofisticados. Pero debe utilizarse para ampliar el juicio humano, nunca para sustituirlo. Nada de esto funcionará, sin embargo, si la prospectiva termina convertida en otro informe que nadie lee.

Debe vincularse a la planificación, al presupuesto y a las decisiones concretas del Estado. Los grandes proyectos nacionales deberían incorporar análisis de riesgos futuros y alternativas de respuesta cuando cambien las condiciones. Hay, finalmente, una dimensión que ninguna tecnología puede resolver. La confianza.

Una sociedad enfrenta mejor la incertidumbre cuando sus instituciones son creíbles, la información es transparente y los ciudadanos, las empresas y las autoridades sienten que forman parte de un esfuerzo colectivo. Por eso la resiliencia de un país no depende únicamente de la fortaleza de su economía. Depende también de la calidad de sus instituciones, de su capital humano y de su cohesión social.

Durante décadas medimos el éxito de los gobiernos por las obras que podían mostrar y los problemas que lograban resolver. Tal vez ha llegado el momento de incorporar otra medida. Los problemas que fueron capaces de evitar. El liderazgo político del siglo XXI deberá responder a lo urgente sin convertirse en prisionero de la urgencia.

Gobernar seguirá siendo resolver el presente. Pero gobernar bien será, cada vez más, preparar al país para aquello que todavía no ha ocurrido. República Dominicana necesita elevar su conversación pública. No podemos hablar únicamente de candidaturas, coyunturas y disputas inmediatas. También debemos pensar, proyectar y debatir juntos el país que queremos ser. Porque el futuro no espera a que estemos listos. Y los países que no aprenden a anticiparlo terminan siendo gobernados por él.