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Por: Sergio Sarita Valdez | El archipiélago de las Antillas Mayores está compuesto por la isla de Cuba, La Española —dividida en República Dominicana y Haití—, Jamaica y Puerto Rico.
No solamente comparten un espacio geográfico, sino que también resultan afectadas simultáneamente con frecuencia por fenómenos atmosféricos, sanitarios, sociales y políticos. A través de la historia, y a partir de la llegada de los europeos en 1492, la zona del Caribe ha sido un lugar donde han venido a reflejarse las luchas imperiales entre potencias como España, Francia, Inglaterra y los Países Bajos.
Juan Bosch, en su obra “El Caribe: Frontera Imperial”, hace un relato histórico detallado de cómo las luchas por la hegemonía de las distintas potencias del viejo continente afectaban la vida de los antillanos.
Los huracanes, las sequías y las epidemias son males periódicamente compartidos por todos los habitantes de la zona caribeña. Pretender ignorar lo que acontece en nuestro derredor con aquello de “si no es contigo, no te metas” puede resultar no solamente peligroso, sino perjudicial a corto, mediano y largo plazo. No debemos olvidar aquel viejo pero sabio refrán que reza: “Cuando veas que le están rasurando las barbas a tu vecino, pon las tuyas en remojo”. En la historia relativamente reciente de los dominicanos recordamos la dictadura trujillista, que duró 31 años. Países como Cuba y Puerto Rico sirvieron a los exiliados quisqueyanos que luchaban por derrocar al régimen de turno. Cada vez que ocurre una catástrofe atmosférica, llámese huracán o terremoto, ahí ha estado siempre la mano piadosa del buen vecino. Ninguno de esos territorios ha estado huérfano de la solidaridad antillana.
Vivimos tiempos nuevos, lo que implica cambios rápidos en todos los órdenes, tan acelerados que nuestra reacción parece moverse en cámara lenta. Los clásicos remedios de ayer ya no aplican a muchos males del presente. La pandemia del Covid-19 es un ejemplo sanitario de la importancia de la cooperación entre vecinos. El terremoto que azotó a la vecina nación haitiana el 12 de enero de 2010 dejó más de trescientas mil víctimas. En esa grave instancia, la mano solidaria de República Dominicana no se hizo esperar, permaneciendo en Puerto Rico todo el tiempo que fue necesario. Desde la caída del régimen duvalierista en Haití y de la dictadura de Trujillo en la República Dominicana, ambas naciones recibieron el apoyo oportuno de sus vecinos. La aceleración social y política caribeña del nuevo milenio ha gravitado muy duro alrededor de la patria de José Martí. El pueblo cubano padece en carne viva los resultados del cambio en la geopolítica mundial. La cosmovisión occidental presente apunta al afianzamiento del principio del dominio de la fuerza por encima de la clásica enseñanza del predominio de la razón, lo cual obliga a repensar nuestro accionar en la coyuntura del momento. Muy por encima de las posiciones ideológicas coyunturales, debemos colocar nuestro pensamiento humanista universal, en el que veamos al archipiélago de las Antillas Mayores en agónico trance de su hija mayor. Permanecer indiferente es históricamente condenable. Como discípulo del pensamiento boschista, entiendo que el diálogo y la negociación entre las partes son condición indispensable para ponerle fin a la odisea por la que pasa la mayor de las Antillas.






