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Por: José Alexander Suero | El presidente Luis Abinader volvió a dibujar en su rendición de cuentas un país que no se parece al que vive la mayoría trabajadora. Habló de crecimiento, de reducción histórica de la pobreza, de estabilidad económica y de cifras “récord” en empleo. Pero una cosa es el país de las estadísticas agregadas y otra muy distinta es el país del salario mínimo, del colmado y del alquiler.
Las propias cifras de la Oficina Nacional de Estadística (ONE) demuestran que, aunque hubo recuperación tras la pandemia, la pobreza no ha sido erradicada ni estructuralmente transformada. La vulnerabilidad sigue latente. Miles de hogares apenas sobreviven en una franja frágil donde cualquier aumento de precios los empuja nuevamente a la precariedad. Eso no es revolución social; es administración de la sobrevivencia.
El Banco Central de la República Dominicana celebra el crecimiento del PIB y exhibe control de la inflación general. Pero cuando se analizan los propios informes del Índice de Precios al Consumidor, queda claro que la inflación golpea más fuerte a quienes menos tienen. Los hogares de menores ingresos destinan la mayor parte de su presupuesto a alimentos y servicios básicos, los mismos que más presión han experimentado. La inflación promedio puede bajar en los informes, pero en la mesa del trabajador sigue pesando.
En cuanto al empleo, se repite la cifra de más ocupados como si eso resolviera el problema estructural. Sin embargo, la Encuesta Nacional Continua de Fuerza de Trabajo confirma que más de la mitad del empleo sigue siendo informal. ¿Qué significa eso? Que millones trabajan sin estabilidad, sin protección social plena y sin garantías reales. No se trata solo de cuántos trabajan, sino de cómo trabajan y cuánto ganan.
El Gobierno habla de “cambio”, pero el modelo económico sigue concentrando beneficios en los mismos sectores tradicionales. El crecimiento no se redistribuye con justicia. La macroeconomía puede lucir saludable en los foros internacionales, pero la microeconomía doméstica continúa asfixiada.
La verdadera pregunta no es si hay crecimiento; es quién se beneficia de ese crecimiento. No es si hay reducción porcentual de pobreza; es si el trabajador puede cubrir la canasta básica sin endeudarse. No es si hay estabilidad cambiaria; es si el salario rinde hasta fin de mes.
El país real no se mide en presentaciones de PowerPoint ni en discursos cuidadosamente redactados. Se mide en el poder adquisitivo, en la calidad del empleo y en la dignidad material de la clase trabajadora.
El “Gobierno del Cambio” prometió transformación. Pero si el cambio no se siente en el bolsillo del pueblo, entonces el discurso se convierte en propaganda y la realidad en resistencia silenciosa.
Y esa brecha entre discurso y vida cotidiana es el verdadero termómetro político de una gestion de gobierno.






