|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Por: Guarocuya Félix | Serie pensamiento económico en Juan Bosch
Una mujer llega al mercado con el mismo dinero de la semana anterior. Compra menos arroz, menos víveres, menos aceite. El vendedor le dice que todo ha subido: el transporte, la energía, los productos importados, los fertilizantes. En la radio, mientras tanto, se habla de crecimiento. Esa distancia entre la cifra celebrada y la funda más liviana permite entender por qué Juan Bosch escribió sobre economía.
Bosch no escribió sobre economía para ocupar el lugar de los economistas profesionales. Escribió porque entendía que toda política responsable debía comenzar por una comprobación elemental: cómo vive la gente. Las cifras, para él, no eran adornos técnicos ni recursos de propaganda. Servían para verificar si el poder público mejoraba la vida material de la población o si administraba una apariencia de progreso.
Esa manera de razonar aparece con especial fuerza en sus artículos económicos de comienzos de la década de 1970. Bosch escribe en un país donde el crecimiento empezaba a presentarse como prueba de éxito político. Frente a ese lenguaje, no negó los datos. Los sometió a examen. La economía dominicana podía mostrar expansión agregada, pero Bosch miraba otra cosa: si esa expansión fortalecía la producción nacional, elevaba el ingreso per cápita, mejoraba la agricultura, reducía la dependencia externa y ampliaba la capacidad de la mayoría para vivir mejor.
Ahí se encuentra una de las ideas principales de su pensamiento económico: un país puede crecer y, al mismo tiempo, mantener o agravar sus problemas sociales. El crecimiento mide una expansión del producto total. El desarrollo exige observar quién produce, quién se beneficia, qué sectores ganan capacidad, qué grupos quedan rezagados y qué ocurre con el ingreso real. Cuando esas verificaciones desaparecen, el crecimiento deja de ser una categoría de análisis y se convierte en lenguaje de legitimación.
Bosch no separaba economía, sociedad y poder. Para él, el producto nacional bruto, la deuda externa, la inflación, la inversión extranjera, la agricultura y la energía formaban parte de una misma relación: la forma en que una nación organiza sus recursos, distribuye beneficios, reparte costos y define su grado de autonomía. Su crítica conserva fuerza porque no se limita a una coyuntura ni a un gobierno. Apunta a una forma de conducción pública que confunde actividad económica con avance social.
Su método era directo. Ante cada cifra, buscaba su traducción social. Ante cada obra, examinaba su productividad real. Ante cada préstamo, indagaba la carga que dejaba al futuro. Ante cada contrato sobre recursos naturales, revisaba quién conservaba el control del valor creado. En ese modo de pensar había una ética pública: las riquezas de un país no pertenecen únicamente a quienes las administran en un período de gobierno; forman parte de una comunidad histórica que incluye a las generaciones futuras.
La atención que Bosch concede a la agricultura debe entenderse dentro de esa lógica. En una economía como la dominicana, la producción agrícola expresa mucho más que volumen de cosechas. Expresa alimentación, empleo rural, ingreso campesino, estabilidad de precios, arraigo territorial y capacidad productiva interna. Cuando la agricultura pierde dinamismo, el crecimiento pierde base material, aunque otros sectores exhiban cifras favorables.
Bosch observaba que la producción agrícola total podía aumentar y, aun así, quedar por debajo del ritmo de crecimiento poblacional. Una finca puede recoger más sacos que el año anterior; si la familia que depende de ella creció mucho más, habrá menos comida para cada plato. Lo mismo ocurre con una nación. Si la producción de alimentos crece menos que la población, el país dispone de menos alimentos per cápita. Ese resultado se siente en los precios, en el poder de compra, en la dependencia de importaciones y en la vulnerabilidad de los hogares de menores ingresos. Ahí aparece la distancia entre la contabilidad oficial y la vida cotidiana.
Su análisis de la inflación sigue la misma ruta. Bosch no reducía el alza de precios a la conducta de comerciantes o intermediarios, aunque tampoco ignoraba los abusos. Su razonamiento iba al fondo productivo del problema: una economía dependiente de importaciones, energía costosa, insumos externos y baja capacidad interna queda expuesta a presiones inflacionarias que no se corrigen con discursos ni con controles superficiales. La inflación, en su lectura, expresa debilidad estructural y empobrecimiento silencioso.
La economía distribuye beneficios y sacrificios. Una política energética mal concebida encarece la producción. Una deuda improductiva compromete años futuros. Una inversión extranjera sin control nacional puede elevar el producto sin fortalecer el desarrollo. Una agricultura rezagada deteriora el ingreso real. Un Estado que improvisa no falla únicamente en la administración; convierte su desorden en costo social.
Bosch se detiene también en el bloqueo de las fuerzas productivas. El subdesarrollo no aparece únicamente como falta de capital, tecnología o inversión. También puede ser resultado de decisiones públicas que impiden producir lo que el país ya está en condiciones de producir. Energía cara, riego interrumpido, planificación industrial débil, proyectos mal concebidos o administración errática desperdician capacidades nacionales existentes.
El Estado ocupa entonces un lugar central en su razonamiento. Bosch no proponía un Estado que sustituyera mecánicamente a la sociedad ni una economía dirigida por consignas. Planteaba algo más concreto: sin planificación, responsabilidad pública, defensa del interés nacional y capacidad para organizar la producción, el desarrollo queda reducido a discurso. Un Estado puede facilitar la producción, coordinar esfuerzos, proteger recursos estratégicos y ampliar capacidades. También puede encarecer costos, paralizar iniciativas y trasladar al pueblo las consecuencias de sus errores.
El déficit externo, para Bosch, tampoco era un accidente contable. Expresaba una estructura de consumo, poder y dependencia. Una minoría con alto poder adquisitivo importa bienes costosos; el país pierde divisas; el Estado se endeuda; y la población asume, tarde o temprano, los costos de esa forma de crecer. La economía nacional puede expandirse en algunos registros mientras se debilita en sus fundamentos.
La fuerza de Bosch está en que no reemplaza el análisis por indignación. Su aporte consiste en mirar la economía desde la realidad social, seguir la ruta de los costos, identificar beneficiarios, distinguir entre producción total y producción per cápita, y someter cada decisión pública a una prueba de responsabilidad ante el país.
Leerlo hoy no significa trasladar mecánicamente sus fórmulas a otra época. Significa recuperar una disciplina intelectual: no aceptar que el crecimiento sea desarrollo sin examinar sus bases productivas, su distribución social, su sostenibilidad y sus efectos sobre la vida de la mayoría.
Esa es la vigencia de Bosch: haber entendido que el desarrollo no es una cifra que se proclama, sino una realidad que debe demostrarse en la vida material de un pueblo.





