Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco entre el combate espiritual y la ambigüedad pastoral

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Por: Víctor Manuel Grimaldi Céspedes | Cristo no prometió a Pedro una Iglesia cómoda, tranquila ni exenta de conflictos.

Le prometió algo mucho más exigente y, a la vez, infinitamente más trascendente: una Iglesia combatida, sacudida por crisis internas y externas, pero finalmente invencible.

“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

Esa frase, tantas veces repetida a lo largo de dos milenios, no es una promesa de calma.

Es una promesa de resistencia.

Porque si las puertas del infierno no prevalecerán, ello supone que habrá combate.

La historia de la Iglesia católica no puede entenderse solamente como una sucesión institucional de papas, concilios, encíclicas y reformas administrativas.

Para millones de creyentes, y también para muchos historiadores de las civilizaciones, la Iglesia representa una comunidad espiritual sometida permanentemente a tensiones que exceden la política, la sociología o la mera administración del poder religioso.

Esa dimensión espiritual ha marcado de manera singular los pontificados contemporáneos, especialmente los de Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, tres hombres distintos en temperamento, formación y estilo, pero unidos por el hecho de haber gobernado la misma Iglesia en un tiempo de transformaciones vertiginosas.

Juan Pablo II

Karol Wojtyła, convertido en Juan Pablo II en octubre de 1978, llegó al trono de Pedro con una biografía que lo diferenciaba radicalmente de muchos de sus predecesores.

No era un hombre formado únicamente en la reflexión académica o en las sutilezas diplomáticas de la Curia romana.

Era un hombre marcado por la experiencia directa del mal político.

Había vivido la ocupación nazi de Polonia, había conocido luego el yugo del comunismo soviético y había contemplado de cerca cómo dos sistemas ideológicos distintos pretendían sustituir a Dios por el Estado, a la conciencia por la obediencia y a la persona humana por el engranaje colectivo de la historia.

Su pontificado no puede reducirse a una lucha política, aunque inevitablemente tuvo consecuencias políticas de alcance histórico mundial.

Su batalla fundamental fue espiritual y antropológica.

Comprendió que el comunismo marxista-leninista no era simplemente un modelo económico fallido ni una estructura estatal autoritaria, sino una concepción total del hombre que negaba su trascendencia.

Cuando regresó a Polonia en 1979 y pronunció aquellas palabras memorables —“No tengan miedo”— no estaba organizando un partido político ni convocando una insurrección convencional.

Estaba devolviendo a un pueblo sometido la conciencia de su dignidad espiritual.

El impacto fue inmenso. Solidaridad, el desgaste del bloque soviético y el posterior derrumbe del comunismo europeo no pueden explicarse sin aquel impulso moral.

Pero Juan Pablo II fue mucho más que el Papa que contribuyó a la caída del comunismo.

También libró una batalla cultural dentro de Occidente.

Se enfrentó al aborto, a la eutanasia, a la banalización de la sexualidad, a la fragmentación moral de las sociedades contemporáneas y a una concepción de la libertad desligada de toda verdad objetiva.

Fue amado por millones y criticado intensamente por otros tantos.

Para sus detractores representaba un conservadurismo rígido; para sus defensores, una defensa coherente de la dignidad humana frente a nuevas formas de degradación antropológica.

Benedicto XVI

Joseph Ratzinger, convertido en Benedicto XVI, representó otro tipo de fortaleza.

Si Wojtyła fue el combatiente visible contra sistemas políticos opresivos, Ratzinger fue el intelectual que percibió con claridad la crisis interna de la civilización cristiana.

No poseía el carisma escénico de Juan Pablo II ni su poderosa biografía simbólica.

Su fuerza residía en la inteligencia teológica.

Fue uno de los pensadores católicos más sofisticados del siglo XX y comienzos del XXI.

Su diagnóstico fue quizá más inquietante que el de su predecesor, porque no se refería a enemigos visibles, uniformados o territorialmente identificables.

Hablaba de una enfermedad cultural difusa, mucho más penetrante: la dictadura del relativismo.

Con esa expresión no denunciaba la existencia del pluralismo democrático ni la convivencia de opiniones distintas, sino la erosión de la idea misma de verdad.

Una cultura donde toda afirmación doctrinal se vuelve sospechosa, donde la moral se reduce a preferencias subjetivas y donde incluso la razón queda subordinada a sensibilidades fluctuantes, era para él un desafío civilizatorio de primer orden.

Su conferencia de Ratisbona en 2006, tan polémica como incomprendida, fue una advertencia intelectual de gran profundidad: separar fe y razón destruye ambas.

Su pontificado enfrentó además crisis muy duras: abusos sexuales, luchas internas curiales, corrupción administrativa y presiones mediáticas globales.

No fue un tiempo fácil.

Sin embargo, mantuvo una línea de pensamiento consistente: sin verdad, la libertad se convierte en arbitrariedad.

Desde la perspectiva del creyente, Juan Pablo II y Benedicto XVI representaron dos formas complementarias de resistencia espiritual.

Uno enfrentó el demonio histórico del totalitarismo y de la deshumanización política; el otro enfrentó el demonio intelectual de la confusión doctrinal y del relativismo cultural.

El lenguaje teológico habla del demonio; el lenguaje secular preferirá hablar de ideologías destructivas, decadencia cultural o crisis institucionales.

Pero incluso desde una mirada estrictamente histórica, resulta evidente que ambos entendieron su misión como una defensa moral de la persona humana y de la verdad cristiana.

Francisco

Con Francisco, la situación cambió profundamente.

Jorge Mario Bergoglio llegó al pontificado con una impronta pastoral muy distinta.

Su lenguaje fue el de la misericordia, la cercanía, la periferia, la Iglesia en salida y el acompañamiento humano.

Su estilo contrastó deliberadamente con el tono doctrinal e intelectual de sus predecesores.

Para muchos católicos, especialmente en sectores cansados de confrontaciones culturales, ese cambio representó una bocanada de aire fresco.

Para otros, introdujo una peligrosa ambigüedad.

El núcleo de la crítica a Francisco no puede reducirse a caricaturas personales ni a referencias superficiales sobre sus empleos juveniles.

La historia no se construye con adjetivos fáciles.

El verdadero debate se sitúa en su forma de gobernar y en el efecto doctrinal percibido de sus decisiones.

Amoris Laetitia, publicada en 2016, quiso responder pastoralmente a situaciones familiares complejas.

Pero abrió una controversia doctrinal de gran magnitud, especialmente en torno al acceso a los sacramentos para divorciados vueltos a casar.

Lo que para algunos fue un acto de misericordia evangélica, para otros constituyó una peligrosa apertura interpretativa que debilitaba la claridad moral católica.

Más tarde, Traditionis Custodes sorprendió a muchos porque el Papa presentado como abierto y dialogante adoptó una postura severa contra sectores ligados a la liturgia tradicional anterior al Concilio Vaticano II.

Esa aparente paradoja alimentó la percepción de que la tolerancia pastoral tenía límites ideológicamente selectivos.

También promovió reformas importantes para enfrentar los abusos sexuales y reorganizar la Curia.

Sería intelectualmente deshonesto negarlo.

Pero incluso esas reformas fueron vistas por sectores críticos como insuficientes, desiguales o aplicadas de manera inconsistente.

La cuestión de fondo no fue su sensibilidad hacia los pobres, ni su insistencia en la misericordia, ni su rechazo de ciertos formalismos clericales.

Todo ello puede ser profundamente cristiano.

El problema fue que, para una parte significativa del mundo católico, el lenguaje pastoral comenzó a sustituir la precisión doctrinal, y cuando eso ocurre en una institución cuya identidad depende de definiciones de fe, la incertidumbre se expande rápidamente.

Los contrastes

Juan Pablo II hablaba con la fuerza de quien trazaba fronteras morales claras.

Benedicto XVI hablaba con la precisión intelectual del teólogo.

Francisco habló con gestos, frases espontáneas y símbolos pastorales.

Pero los gestos, sin arquitectura doctrinal suficientemente precisa, pueden ser interpretados de maneras contradictorias.

Por eso la crítica seria a Francisco no debe formularse en términos vulgares o personales, sino en términos históricos y eclesiales.

Muchos percibieron durante su pontificado una reducción de la vigilancia doctrinal, una mayor permisividad hacia corrientes internas empeñadas en reformular aspectos sensibles de la moral católica y una firmeza desproporcionada contra sectores tradicionalistas en comparación con otros focos de tensión.

Eso explica buena parte de las controversias de su tiempo.

Pero incluso aquí conviene recordar una verdad mayor.

La Iglesia no pertenece a Juan Pablo II.

No pertenece a Benedicto XVI.

No perteneció a Francisco.

No pertenece a las corrientes conservadoras ni progresistas.

No pertenece a los medios, ni a los analistas, ni siquiera plenamente a sus jerarquías humanas.

Pertenece a Cristo.

Esa es la razón última por la cual ha sobrevivido a emperadores, herejías, cismas, guerras mundiales, persecuciones, corrupciones internas y errores humanos.

Imperios inmensos desaparecieron.

Dinastías enteras se extinguieron.

Ideologías que parecían eternas se derrumbaron.

La Iglesia, con todas sus heridas humanas, permanece.

Para el creyente, ello confirma la promesa evangélica.

Para el historiador, constituye uno de los fenómenos de continuidad civilizatoria más extraordinarios de la historia.

Juan Pablo II y Benedicto XVI representaron una afirmación combativa de la verdad cristiana frente a desafíos inmensos de su tiempo.

Francisco intentó otro camino, centrado en la misericordia pastoral y el acercamiento humano, pero generó controversias profundas sobre claridad doctrinal y gobierno eclesial.

Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia.

Pero esa promesa no significa ausencia de crisis.

Significa que la Iglesia atraviesa incluso las crisis nacidas dentro de sí misma sin desaparecer.

Y quizá esa sea, precisamente, la prueba más inquietante y más impresionante de su singularidad histórica.