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Por: Osiris Mota | El 2025 marcó la historia moderna del país como uno de los peores años en diferentes aspectos sociales y económicos. El menor crecimiento en décadas, la mayor tragedia vivida en un lugar cerrado con el colapso del techo de Jet Set, con el saldo centenas de muertos, y el desfalco de la ARS SENASA, que ofrece asistencia de salud a la población más vulnerable, saqueada por una pandilla de empresarios y desalmados políticos del PRM.
La República Dominicana ha mostrado, durante las últimas décadas, y más en los gobiernos del PLD, cifras de crecimiento económico que muchos países de la región envidiarían. No obstante, ese crecimiento convive con un desorden cotidiano, que se expresa en falta de supervisión, en el tránsito caótico, la ocupación irregular de espacios públicos, la informalidad generalizada, el irrespeto a las instituciones y las normas, junto a una preocupante sensación de impunidad.
Uno de los principales aportes del orden y la disciplina es el fortalecimiento institucional. Cuando las normas se aplican de manera previsible y equitativa, las instituciones ganan credibilidad. En un país donde las reglas cambian según la persona, el apellido o la coyuntura política, la desconfianza se convierte en norma. La República Dominicana no necesita más leyes; necesita que las existentes se cumplan sin excepciones, creando confianza y la inclusión de la gente en su comunidad, desarrollando actividades, programas, acciones en los que tengan oportunidad de participación.
Desde el punto de vista económico, el orden es un factor de competitividad. La inversión, tanto nacional como extranjera, requiere estabilidad, seguridad jurídica y respeto a los contratos. La informalidad, aunque históricamente ha servido como mecanismo de supervivencia, hoy limita la productividad, reduce la recaudación fiscal y perpetúa la desigualdad. Un país indisciplinado termina pagando más caro su propio desorden.
Pero quizás el impacto más visible del desorden se manifiesta en la convivencia social. El irrespeto a las normas de tránsito, el ruido excesivo, la violación constante de las leyes municipales y la apropiación privada de lo público generan conflictos diarios que erosionan la paz social. La seguridad ciudadana no se construye solo con policías y cámaras; se construye con cultura cívica, con ciudadanos que entienden que el bienestar individual depende del respeto al bien común. Eliminemos la cultura de “la tragedia de lo común”.
La educación cívica también ha sido relegada. Durante años se ha priorizado la formación técnica, dejando de lado valores esenciales como la responsabilidad, el respeto y la solidaridad. Sin educación, el orden solo se sostiene a base de sanciones, y eso nunca es suficiente ni sostenible; debe ir de la mano con la creación de capital social, de instituciones fuertes e inclusivas y políticas sociales sostenibles.
En definitiva, para la República Dominicana el orden y la disciplina no son un lujo ni una obsesión moralista; son requisitos esenciales del desarrollo. Y así debemos entenderlo en el Partido de la Liberación Dominicana. Un país puede avanzar en cifras macroeconómicas, pero sin orden seguirá retrocediendo en calidad de vida. Por eso JUAN BOSCH ponía mucho énfasis en el programa de formación de militantes con los folletos de Organización y Disciplina y Métodos de Trabajo. Así que avancemos haciendo lo correcto, y haciéndolo bien.





