La era del show y el desafío de construir una sociedad comprometida y responsable.

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Por: Osiris Mota | Hace unos años, un empleado considerándose con mejor formación, me ripostó, ante una exigencia que le hacía, que era injusto lo que pasaba y muy fácil para mí, que tenía los bienes y posiciones, y el aun nada. Lo mire, como amigo le eche el brazo y le pregunté, ¿cuántos años tenía y cuantos llevaba en la empresa?, amigo, te falta paciencia y perseverancia. En pocas palabras, estas son las circunstancias que preocupan en el ámbito laboral que, a mi entender, no estamos buscando respuestas.

Vivimos en una época de cambios acelerados. El sociólogo Zygmunt Bauman denominó este fenómeno «modernidad líquida», una sociedad donde casi nada permanece: los empleos, las relaciones, las instituciones, las ideologías y hasta los proyectos de vida parecen tener fecha de caducidad. En este mundo líquido, la estabilidad ha sido reemplazada por la flexibilidad, el compromiso por la conveniencia y la paciencia por la inmediatez. Esta realidad está transformando la cultura del trabajo en la República Dominicana.

La rotación de personal aumenta, los procesos de capacitación deben repetirse constantemente y la construcción de equipos sólidos se vuelve más compleja. A primera vista podría pensarse que las nuevas generaciones simplemente no quieren trabajar. Sin embargo, esa conclusión sería simplista e injusta.

Los jóvenes de hoy crecieron en un contexto completamente distinto al de sus padres. Han vivido la expansión de internet, las redes sociales, la inteligencia artificial, el trabajo remoto, la abundancia de riquezas, y una economía donde ninguna empresa puede garantizar estabilidad. Además, han presenciado despidos masivos, transformaciones tecnológicas y profesiones que desaparecen en pocos años. En consecuencia, muchos no construyen una relación de pertenencia con las organizaciones, sino una relación transaccional: permanecen mientras perciben que aprenden, progresan o encuentran un mejor equilibrio entre su vida personal y laboral.

A ello se suma lo que el filósofo Byung-Chul Han denomina la «sociedad del rendimiento». Ya no vivimos bajo la presión de un jefe que ordena permanentemente, sino bajo la presión de competir, producir y mostrarnos exitosos todo el tiempo. Paradójicamente, esta búsqueda constante de resultados inmediatos genera agotamiento, ansiedad y una baja tolerancia a la frustración. Las redes sociales refuerzan esta percepción al presentar historias de éxito instantáneo que no muestran los años de esfuerzo que las hicieron posibles.

La principal causa del agotamiento de las personas ya no es la explotación ejercida por otros, sino la autoexplotación.

La generación criada bajo una fuerte sobreprotección y con una alta exposición a los teléfonos inteligentes, desarrolla menor resiliencia frente a los desafíos cotidianos. No es que los jóvenes sean menos capaces, se trata de que muchos han tenido menos oportunidades para desarrollar paciencia, autonomía y tolerancia al fracaso, cualidades indispensables para construir una carrera profesional sólida.

La responsabilidad no es de las nuevas generaciones. Muchas empresas dominicanas continúan administrando el talento con esquemas del siglo pasado. Persisten estructuras excesivamente jerárquicas, escasas oportunidades de desarrollo, poca retroalimentación y líderes que administran personas en lugar de inspirarlas. Los empleados permanecen donde sienten confianza, encuentran propósito y perciben que alguien se interesa por su crecimiento. La lealtad no se impone, se cultiva.

II.Por una nueva misión.

Diversos estudios muestran que la juventud enfrenta mayores dificultades para acceder a empleos formales y estables que la población adulta. La informalidad sigue afectando a una gran parte de los jóvenes y limita sus posibilidades de desarrollar carreras profesionales sostenidas. Al mismo tiempo, organismos internacionales advierten que existe una brecha importante entre las habilidades que demandan las empresas y las competencias que poseen muchos egresados, especialmente en áreas técnicas y digitales.

Este escenario impacta especialmente a las micro, pequeñas y medianas empresas, así como al movimiento cooperativo dominicano, responsables de una parte significativa del empleo nacional, 60%, y del 35% del PIB. Cuando un colaborador abandona la organización pocos meses después de haber sido capacitado, no solo se pierde la inversión realizada, también se debilita la cultura organizacional, disminuye la productividad y se retrasa la consolidación de equipos de alto desempeño y la conectividad.

El Estado, bien administrado, tiene que abordar el desafío, y construir una alianza entre la familia, la escuela, la universidad y las empresas. La educación debe volver a enfatizar virtudes como la disciplina, la responsabilidad, la perseverancia, la puntualidad y la capacidad de postergar la recompensa. Las empresas, por su parte, deben ofrecer trayectorias de desarrollo, mentoría, aprendizaje continuo, reconocimiento y liderazgos que inspiren confianza. El Estado debe fortalecer la formación técnico-profesional y reducir las barreras que dificultan el acceso de los jóvenes a empleos formales y de calidad.

La República Dominicana necesita construir una nueva cultura del trabajo. Una cultura donde los jóvenes comprendan que las grandes carreras no se edifican en meses, sino en años de aprendizaje y esfuerzo constante, y donde las empresas entiendan que el talento no se retiene únicamente con salarios, sino también con respeto, oportunidades y propósito, con liderazgo propositivo.

Bauman nos advirtió que vivimos en tiempos líquidos. Sin embargo, el desarrollo de una nación requiere fundamentos sólidos. Ningún país alcanza altos niveles de productividad, innovación y bienestar sin ciudadanos comprometidos con el trabajo correctamente bien hecho. La tecnología seguirá cambiando el mundo y las organizaciones continuarán transformándose, pero valores como la honestidad, la constancia, la paciencia y el compromiso serán siempre la base fundamental.

Si la República Dominicana aspira a favorecer y consolidar una clase media fuerte, empresas competitivas y una economía sostenible, deberá reconciliar dos necesidades aparentemente opuestas: comprender las nuevas expectativas de las generaciones jóvenes y, al mismo tiempo, recuperar la cultura del esfuerzo, la paciencia y el compromiso. Porque el éxito verdadero, tanto para una persona como para una nación, casi siempre es el resultado de muchos años de trabajo, aprendizaje y perseverancia.

J. Osiris Mota