La República Dominicana entre Haití y la OCDE 8/8

Getting your Trinity Audio player ready...

La República Dominicana enfrenta un problema que no admite soluciones fáciles. Su trayectoria de desarrollo está condicionada por dos fuerzas que operan en direcciones distintas y que no pueden ser ignoradas ni reconciliadas fácilmente.

Por un lado, la proximidad con Haití introduce una interacción continua marcada por diferencias profundas en ingreso, organización económica y capacidad institucional. Por otro, el país ha decidido avanzar hacia estándares más altos de funcionamiento económico, como los que representan las economías de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. La República Dominicana no puede elegir entre una y otra. Debe avanzar en ambas al mismo tiempo. Esa es la tensión que define su situación actual.

La exposición dominicana, tal como se ha planteado en los artículos anteriores, no es un accidente ni una anomalía. Es el resultado de compartir un mismo espacio insular con una economía que ha seguido una trayectoria distinta. Esta interacción no desaparece con decisiones administrativas ni con controles puntuales. Forma parte del entorno en el que se organiza la economía dominicana. Sin embargo, su impacto cambia cuando el país modifica sus propios objetivos.

Ese cambio es el que introduce la segunda dimensión del problema. En paralelo a esta interacción, la República Dominicana ha iniciado un proceso de convergencia hacia formas más organizadas de funcionamiento económico. Este proceso no se limita a mejorar indicadores. Implica transformar la manera en que opera la economía: mayor formalización, mejor calidad regulatoria, reglas más claras, mayor coordinación institucional y una capacidad más sostenida de aumentar la productividad.

La convergencia, en este sentido, no es un objetivo abstracto. Es una condición para sostener el crecimiento en el tiempo. Las economías que logran mejorar su productividad de forma consistente lo hacen sobre la base de estructuras organizadas, información confiable y reglas que permiten coordinar decisiones en distintos niveles. Sin estos elementos, el crecimiento tiende a ser más irregular y más difícil de sostener.

Es precisamente en la intersección de estos dos procesos donde aparece el núcleo del problema. La convergencia exige orden. La exposición introduce desajustes que operan en sentido contrario.

En entornos menos organizados, muchas tensiones económicas se diluyen en la informalidad. Sus costos se distribuyen de manera difusa y no siempre resultan visibles. A medida que la economía se vuelve más estructurada, esos mismos desajustes se vuelven más claros, más medibles y más costosos. La falta de registro, la informalidad laboral, las debilidades en la supervisión y la presión sobre servicios públicos dejan de ser fenómenos tolerables y comienzan a afectar directamente la eficiencia del sistema.

Este es el punto en el que cambia la naturaleza del problema. La exposición dominicana no solo persiste bajo convergencia; se vuelve más difícil de gestionar en términos económicos. A medida que el país mejora sus estándares de organización, también reduce su capacidad de absorber sin costo las fricciones derivadas de la interacción con una economía que opera bajo condiciones distintas.

Esta situación puede entenderse como una trampa de convergencia por exposición. No se trata de un problema técnico ni de una falla puntual en la política pública. Se trata de una condición en la que el avance hacia un sistema más organizado reduce progresivamente el margen para absorber los desajustes generados por una interacción que no puede eliminarse. La economía se vuelve más eficiente, pero también más sensible a las distorsiones que antes podía absorber con mayor flexibilidad.

Esto obliga a replantear el análisis con mayor precisión. Ya no se trata únicamente de cómo gestionar la relación con Haití. Se trata de cómo hacerlo sin comprometer el proceso de convergencia que el propio país ha decidido emprender.

El problema, por tanto, no admite soluciones simples. La República Dominicana no puede avanzar hacia una economía más organizada y, al mismo tiempo, permitir que amplios espacios de interacción operen bajo lógicas que erosionan esa organización. Pero tampoco puede eliminar esa interacción sin generar costos económicos y sociales significativos. La dificultad no está en elegir entre dos opciones. Está en sostener ambas dinámicas de manera simultánea.

En este contexto, la planificación adquiere un papel central. La Constitución dominicana establece la planificación del desarrollo como una función del Estado, y el sistema institucional organiza esa función a través de instrumentos de largo plazo. La Estrategia Nacional de Desarrollo no es un documento programático más. Es el marco que define la continuidad de las decisiones públicas más allá de los ciclos políticos.

Sin embargo, ese marco no determina por sí mismo el contenido de la estrategia. La etapa que se abre hacia el período posterior a 2030 enfrenta una decisión que no puede ser eludida: incorporar de manera explícita la relación entre exposición y convergencia dentro del diseño de la política de desarrollo.

Esto implica reconocer dos dimensiones que deben avanzar de manera simultánea. La primera es una convergencia externa, orientada a estándares internacionales más altos de organización económica. La segunda es una convergencia interna, orientada a reducir las brechas dentro del propio sistema económico dominicano.
Si estas dos dimensiones no se articulan con claridad, el resultado será un sistema inconsistente, en el que sectores que operan bajo reglas más modernas conviven con espacios donde predominan la informalidad y la desorganización. Esa dualidad no es sostenible en el tiempo y tiende a trasladar sus costos al conjunto de la economía.

Es precisamente en ese punto donde la exposición vuelve a adquirir relevancia. La interacción con Haití no es solo un desafío externo. Es uno de los espacios donde esa dualidad puede manifestarse con mayor intensidad. Si no se organiza de manera coherente, puede convertirse en un canal a través del cual se debilita el proceso de convergencia.

Esto introduce una implicación directa para la política económica. La gestión de la exposición no puede tratarse como un tema separado de la estrategia de desarrollo. Debe formar parte de ella. La forma en que se organizan los mercados laborales vinculados a esta interacción, los sistemas de registro, la provisión de servicios y los mecanismos de información incide directamente en la productividad de la economía.

No se trata de reducir la interacción. Se trata de evitar que su desorganización afecte el funcionamiento del conjunto.

El contexto internacional refuerza esta necesidad. La capacidad de respuesta sostenida de la comunidad internacional frente a la crisis haitiana es hoy más limitada que en el pasado. Esto no elimina la posibilidad de apoyo, pero reduce la probabilidad de una solución integral impulsada desde fuera. En este escenario, la República Dominicana no puede construir su estrategia sobre supuestos externos. Debe partir de la premisa de que la gestión de la exposición es, en lo fundamental, una responsabilidad interna.

El dilema puede formularse con claridad. La República Dominicana debe avanzar hacia una economía más organizada y productiva sin poder aislarse de una interacción que opera bajo condiciones distintas. No puede posponer la convergencia para gestionar la exposición, ni puede ignorar la exposición para avanzar en la convergencia. Debe hacer ambas cosas al mismo tiempo.

La geografía no cambiará. La distancia acumulada tampoco desaparecerá en el corto plazo. Pero la forma en que el país organiza su respuesta sí puede cambiar.

Y es en esa organización —en la capacidad de sostener simultáneamente convergencia y gestión de la exposición sin que una erosione a la otra— donde se define no solo la calidad de su crecimiento, sino la viabilidad de su trayectoria de desarrollo en el largo plazo.