Ola de calor veraniego

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Por: Sergio Sarita | Narra la ciencia que, en el espacio sideral, sucedió una vez un inmenso fenómeno explosivo producto del cual surgieron innumerables galaxias y dentro de estas se formaron sistemas, uno de los cuales resulta ser el Solar al que pertenece nuestro planeta Tierra. El globo terráqueo evolucionó de modo natural como los demás satélites solares. A diferencia de estos últimos, la madre Tierra dio origen a una especie que ha conseguido hacer transformaciones rápidas e inmensas en el tiempo. Nos referimos al Homo sapiens, que ha tenido un enorme impacto que ninguna otra especie animal, ni siquiera remotamente, se le asemeja. Como todo en la vida, y desde la óptica filosófica, no hay nada tan bueno que no venga acompañado de algo malo.

El descubrimiento de los recursos energéticos fósiles guardados por millones de años en las profundidades de la esfera terrestre, así como su posterior extracción y combustión, ha generado de un modo rápido mucha energía calórica, a tal punto que hoy estamos siendo testigos de un inmenso y continuo derretimiento del hielo contenido en los polos del planeta. La Organización de las Naciones Unidas ha sostenido importantes reuniones para encarar el peligro que representa para la humanidad el progresivo deterioro de las condiciones terrestres a causa del desequilibrio ambiental que la era industrial ha traído consigo. Los países que mayor cantidad de petróleo consumen habrían acordado reducir su uso. Las potencias industriales se comprometieron no solamente a disminuir la combustión petrolífera, sino también a buscar alternativas energéticas que fueran amigables con el ambiente. Desgraciadamente, en la práctica, una cosa es con guitarra y otra cosa es con violín; unos que ayer dijeron «digo», luego repitieron «diego». El resultado final es que ha habido un incumplimiento de las metas prometidas. El calentamiento global es una dolorosa realidad que se vive en el día a día de manera desigual en los distintos puntos geográficos del planeta.

Las sequías, las inundaciones y los terremotos son las señales que algunos malinterpretan por razones diversas y que, a la larga, resultan perjudiciales para todo el reino animal y vegetal. Se repite el eslogan de que el agua es vida y que, por ende, no debemos desperdiciarla, pero en la práctica abusamos de su consumo cual si fuera un recurso inagotable. El uso de fertilizantes químicos para la agricultura, juntamente con la deforestación, así como la minería que solamente toma en cuenta la extracción desenfrenada, están contribuyendo a darle el martillazo final a la crucifixión humana.

Las altas temperaturas registradas en Europa y Norteamérica este verano de 2026 son una muestra fehaciente de lo insensato que resulta hacer caso omiso de la prevención ecológica. El fenómeno atmosférico denominado “El Niño” se extiende desde el océano Pacífico impactando amplios territorios interoceánicos. Seguimos como sordos y ciegos presenciando la hecatombe que se nos viene encima. No queremos entender que, al fin y al cabo, todos sin excepción seremos letalmente perjudicados. Ojalá que los terremotos recientes, las inundaciones y el exasperante calor veraniego nos hagan comprender la grave enfermedad que amenaza con aniquilar a gran parte de la humanidad. ¡Mudarnos para el planeta Marte no es la solución! En la Tierra está el problema y es donde debemos curar el mal de raíz.