Un mundo feliz

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Por: Sergio Sarita Valdez | El viejo continente europeo ha sido escenario de imperios que han tenido épocas de florecimiento, expansión, retracción, decaimiento y desaparición. De ello, la historia registra como notables los imperios romano, español, británico y francés.

Como todo gran poder, han tenido sus luces y sus sombras. Para quienes amamos la literatura, reconocemos el legado que nos dejaron en el siglo XVII William Shakespeare y Miguel de Cervantes Saavedra.

Los mortales que nos entretenemos con el género de las novelas de ficción escritas en la primera mitad del siglo XX notamos que nos llaman la atención dos escritores ingleses que han trascendido porque, fallecidos ambos, han conseguido resucitar con la singular sorpresa de que sus libros han dejado de ser un mito imaginario para tornarse en una espantosa realidad del presente. Me refiero a George Orwell, con su novela 1984, de quien he escrito anteriormente, y a Aldous Huxley, autor de la obra que lleva el título del presente artículo.

Huxley pudiera ser considerado un ciudadano occidental, pues, aunque nacido en Inglaterra, habitó en distintos lugares hasta fallecer a los 69 años en Los Ángeles, California, el 22 de noviembre de 1963, coincidiendo ese viernes con el asesinato en Dallas, Texas, del entonces presidente norteamericano John F. Kennedy.

La coordenada temporal futurista se sitúa imaginariamente en el año 2540, bajo el dominio de un gran Estado Mundial. Dicho régimen cuenta con seres humanos creados en laboratorios para comportarse de modo automático según la categoría para la cual han sido fabricados.

El modo de pensar de esos habitantes ha sido determinado desde su formación. Hay un condicionamiento social donde los sentimientos morales, el matrimonio, el deber, la solidaridad y el amor al prójimo son vistos como cosas obscenas. Se vive por placer y para el disfrute instantáneo. El Soma es una droga disponible para todos, con efecto inmediato y adictivo. La alienación es la regla. Se repiten mensajes que mantienen la mente en el placer, en el aquí y ahora. El personaje perfecto es aquel que vive sumido en el consumo, la promiscuidad y la apariencia.

Surgen las excepciones: los personajes destinados a transformar esa cosmovisión inducida por el sistema y que se convertirán en la antítesis que cambiará ese falso mundo enajenado. En el nuevo milenio, vemos el estímulo constante al consumismo, la publicidad y la despersonalización. El entretenimiento fugaz y ligero, la distracción continua, hacen que hayamos perdido el valor del tiempo y que nos importe poco el espacio. Estamos ensimismados frente a una pantalla, ignorando el dolor y la tragedia del vecino. Nos divierte la tragedia y contemplamos sin asombro el martirio al que someten a otros. Las amenazas, la violencia, el genocidio son noticias de otro mundo. Nada parece real hasta que es local. El hambre, la enfermedad y el desamparo no son percibidos por mentes enajenadas y dominadas por el vicio.

Hemos de volver hacia los valores que nos hicieron Homo sapiens. “Un mundo feliz” es un oportuno llamado crítico a la acción, para retomar la cordura en esta nueva era en que el algoritmo nos controla