25 de septiembre de 1963: el día que derribaron un gobierno, pero no pudieron derribar sus principios

Getting your Trinity Audio player ready...

Por: Brendaly Morel | Hay hombres a los que la historia recuerda por el tiempo que permanecieron en el poder. A Juan Bosch, paradójicamente, la historia dominicana lo hizo más grande después de sacarlo de él.

Hace 63 años, un 25 de septiembre de 1963, bastaron unas horas para derribar un gobierno que el pueblo había elegido democráticamente. Bosch apenas llevaba siete meses en la Presidencia de la República. Lo sacaron del Palacio Nacional, quebraron el orden constitucional y sepultaron una experiencia democrática que apenas comenzaba a caminar.

Creyeron, quizás, que derribando al hombre derribaban también sus ideas. Se equivocaron.

Porque a Juan Bosch pudieron quitarle la Presidencia, pero no pudieron quitarle a la historia los principios que defendió.

Y ahí, precisamente ahí, encuentro la verdadera dimensión de aquel atentado contra la democracia dominicana.

Bosch no llegó al poder en un país normal. Llegó después de 31 años de dictadura trujillista. Gobernó una sociedad que apenas estaba aprendiendo que disentir no era un delito, que el presidente no era dueño del país y que unas Fuerzas Armadas no estaban llamadas a decidir quién podía o no podía gobernar.

Trujillo había muerto en 1961, pero una dictadura tan larga no desaparece cuando muere el dictador. Quedan sus estructuras, sus intereses, sus miedos y su manera de entender el poder. Quedan, sobre todo, quienes aprendieron a vivir cómodamente dentro de ese sistema.

El 20 de diciembre de 1962, los dominicanos acudieron a las urnas y eligieron a Bosch con el 59%. El 27 de febrero de 1963 tomó posesión.

Para nosotros, acostumbrados hoy a cambiar presidentes mediante elecciones, puede resultar difícil comprender la dimensión de aquel momento. Pero pensemos en la gente: en el campesino que había vivido prácticamente toda su vida bajo Trujillo; en la madre que había enseñado a sus hijos a tener cuidado con lo que decían; en el joven que nunca había conocido una democracia; en aquella generación de dominicanos que, por primera vez en muchísimo tiempo, podía sentir que su voluntad depositada en una urna tenía algún valor.

Eso era también Juan Bosch en 1963.

No solamente un presidente, sino la posibilidad de demostrar que República Dominicana podía comenzar a gobernarse sin miedo.

Y entonces vino algo todavía más impactante: la Constitución del 29 de abril de 1963.

Aquella Constitución habló de cosas que hoy pueden parecernos normales, pero que entonces tocaron intereses muy poderosos. Habló de educación, de la necesidad de combatir el analfabetismo y de una enseñanza que debía contribuir al desarrollo de las personas. Habló de vivienda, de trabajo, de igualdad y de libertades. Reconoció derechos de los trabajadores, la libertad sindical y su participación en los beneficios de las empresas. Proclamó la igualdad de los hijos, prohibió la prisión por razones políticas y enfrentó uno de los problemas históricos de la propiedad de la tierra: el latifundio.

No era solamente una Constitución para organizar quién gobernaba y cómo debía gobernar. Era una Constitución que intentaba llevar la democracia a la vida de la gente: al niño que necesitaba educación, al trabajador que reclamaba derechos, a la familia que aspiraba a una vivienda y al ciudadano que venía de vivir durante décadas bajo un régimen en el que disentir podía costarle demasiado.

Eso ayuda a entender por qué el gobierno comenzó a encontrar tanta resistencia.

Bosch estaba planteando que la democracia no podía limitarse a permitir que el pueblo eligiera un presidente. La democracia también tenía que entrar en la vida cotidiana de la gente: tenía que tocar derechos, privilegios, la tierra, el trabajo y, naturalmente, el poder.

Y cuando una democracia comienza a tocar intereses, aparecen quienes descubren repentinamente que les gusta la democracia solo mientras esta no cambie demasiado las cosas.

No quiero, sin embargo, cometer el error de convertir a Bosch en un hombre perfecto para defenderlo. No lo fue, ni necesita serlo.

Su gobierno cometió errores. Tuvo dificultades políticas, enfrentamientos y problemas para construir entendimientos con sectores importantes de la sociedad. Reconocerlo, lejos de debilitar la defensa de la institucionalidad de su gobierno, la hace todavía más necesaria.

Porque la democracia no existe solamente para gobiernos perfectos.

La democracia existe precisamente para permitir que los gobiernos se equivoquen y que sea el pueblo, no los fusiles, quien los castigue.

Si Bosch estaba gobernando mal, había que dejarlo gobernar. Si sus reformas eran equivocadas, había que combatirlas políticamente. Si había sectores que no compartían su Constitución, tenían derecho a organizarse, debatir, protestar y construir una alternativa.

Y si el pueblo terminaba decepcionado de Juan Bosch, entonces debía sacarlo del Palacio Nacional de la misma manera en que lo había llevado hasta allí: con votos.

Ese era el camino.

Pero escogieron otro.

El 25 de septiembre de 1963, las armas sustituyeron las urnas.

Y cuando eso ocurre en cualquier democracia, la discusión deja de ser si un presidente era bueno o malo. La pregunta pasa a ser otra: ¿quién tiene derecho a decidir quién gobierna?

Para mí, esa es la herida que dejó aquel día.

Porque el golpe no solamente castigó a Bosch. Castigó al pueblo que lo había elegido. Le dijo al dominicano común que su decisión tenía límites; que podía depositar una papeleta, pero que otros conservaban el poder suficiente para decidir si aquella papeleta sería respetada.

Eso fue un atentado contra la democracia y, también, un enorme retroceso para una nación que apenas estaba aprendiendo a vivir sin dictadura.

A Bosch lo derrocaron, pero ocurrió algo que probablemente sus adversarios no calcularon: sus principios sobrevivieron al golpe.

Sobrevivió la Constitución de 1963 como referencia histórica. Sobrevivió la idea de recuperar la constitucionalidad, la convicción de que el poder militar debía someterse al poder civil, la defensa de las libertades públicas y aquella concepción de una democracia acompañada de derechos sociales.

Tan vivos quedaron aquellos principios que, menos de dos años después, miles de dominicanos estuvieron dispuestos a jugarse la vida reclamando el retorno al orden constitucional quebrado en 1963.

Abril de 1965 no puede entenderse completamente sin septiembre de 1963.

Y entonces la historia se vuelve dolorosamente humana, porque detrás de las fechas hubo personas. Hubo familias, jóvenes, muertos, dominicanos enfrentándose entre dominicanos, una intervención militar extranjera y una generación entera marcada por acontecimientos que no aparecieron de la nada.

Por eso, 63 años después, creo que tenemos derecho a hacernos una pregunta que nunca tendrá una respuesta definitiva:

¿Cuánto nos costó realmente aquel 25 de septiembre?

Y no hablo solamente de lo que ocurrió inmediatamente después. Hablo también de aquello que nunca ocurrió.

Porque ese es el problema de interrumpir violentamente un proceso histórico: sabemos perfectamente qué destruimos, pero jamás podremos saber qué habría producido aquello que no dejamos terminar.

¿Qué habría pasado si Juan Bosch hubiese completado sus cuatro años?

No lo sé y desconfío de cualquiera que diga saberlo.

Quizás su gobierno habría fracasado. Quizás habría terminado desgastado. Quizás el pueblo habría rechazado posteriormente su proyecto. Quizás muchas de sus reformas no habrían funcionado.

Pero también existe otra posibilidad que tenemos derecho a plantearnos.

¿Y si aquel gobierno hubiese conseguido consolidar algunas de sus reformas? ¿Y si la Constitución de 1963 hubiese tenido años, y no meses, para comenzar a transformar nuestras instituciones? ¿Y si desde entonces hubiésemos aprendido definitivamente que ningún uniforme, apellido, fortuna, iglesia, partido o grupo económico estaba por encima de la voluntad popular?

¿Y si nuestra democracia hubiese madurado desde 1963 sin aquella ruptura? ¿Habríamos tenido abril de 1965? ¿Habríamos vivido la misma violencia? ¿Habríamos recorrido posteriormente el mismo camino?

Y hay una pregunta que me resulta todavía más difícil:

¿Estaría República Dominicana hoy exactamente donde está?

Miro nuestro país en 2026 y sería injusto negar cuánto hemos avanzado. Pero también miro alrededor.

Todavía hablamos de desigualdad. Todavía exigimos una educación capaz de cambiar verdaderamente la vida de nuestros muchachos. Todavía reclamamos instituciones más fuertes. Todavía discutimos corrupción. Todavía demasiados dominicanos sienten que el lugar donde nacen determina buena parte de las oportunidades que tendrán.

Y entonces vuelvo, inevitablemente, a Bosch, a sus siete meses, a aquella Constitución y a aquel 25 de septiembre.

Me pregunto qué habría ocurrido si esa idea de democracia social hubiese tenido tiempo para crecer, equivocarse, corregirse y demostrar de qué era capaz.

Tal vez hoy estaríamos exactamente en el mismo lugar. Tal vez no. Tal vez estaríamos peor.

O tal vez estaríamos mucho mejor.

Nunca podremos comprobarlo.

Y esa incertidumbre, para mí, forma parte de la condena histórica de aquel golpe. Porque a Juan Bosch no solamente le quitaron años de gobierno; a toda una nación le quitaron la posibilidad de conocer qué habría ocurrido con aquel proyecto si la democracia hubiese seguido su curso.

Por eso no quiero recordar a Bosch únicamente como la víctima de un golpe de Estado. Sería reducirlo.

Prefiero recordarlo como el hombre al que pudieron derrotar políticamente por la fuerza, pero cuyos principios terminaron sobreviviendo a quienes lo derrocaron.

Ahí está la enorme ironía de la historia.

Los hombres que participaron en aquel golpe consiguieron su objetivo inmediato: Bosch cayó.

Pero 63 años después seguimos hablando de su Constitución, seguimos estudiando su gobierno, seguimos discutiendo sus ideas, seguimos recordando el 25 de septiembre como una ruptura del orden democrático y seguimos haciéndonos preguntas sobre el país que pudo haber sido.

Eso significa que pudieron vencer al gobierno, pero no pudieron vencer aquello que representaba.

Porque los cargos terminan, los gobiernos pasan y los hombres mueren. Los principios, cuando logran echar raíces en la conciencia de un pueblo, pueden sobrevivir incluso a quienes intentaron enterrarlos.

Quizás por eso aquella frase que Bosch dejó escrita después de ser derrocado sigue teniendo tanta fuerza seis décadas después:

“Los hombres pueden caer, pero los principios no.”

Aquel 25 de septiembre cayó Juan Bosch. Cayó su gobierno. Cayó temporalmente aquella Constitución.

Pero sus principios no.

Y quizás la pregunta más incómoda que nos dejó aquel atentado contra la democracia no sea únicamente por qué lo hicieron, sino otra que la historia jamás podrá respondernos:

¿Qué República Dominicana tendríamos hoy si aquel 25 de septiembre de 1963 hubiésemos permitido que la democracia simplemente siguiera su curso?