NUEVE DÉCADAS DE LA MAÑOSA

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Por: Ramón Tejeda Read | Entre la que se considera primera novela dominicana—El Montero, de Pedro Francisco Bonó (1856)—y La Mañosa, de Juan Bosch (1936), median ochenta años y una cantidad importante de la novelística dominicana, incluido el Enriquillo de Galván (1882), considerada la novela más importante del siglo XIX dominicano. Y de 1936 a la fecha hay nueve décadas de un acontecer literario intenso y extenso, en prosa y en verso, y un país multiplicado en riqueza y en pobreza.

Noventa años después, La Mañosa sigue siendo referencia inevitable. Escrita en 1935, según informa Bosch en el prólogo a la tercera edición (1966), es publicada en junio de 1936 y no lo será ya más en República Dominicana hasta treinta años después. En 1940, sale a la luz la primera edición cubana, que sería la segunda de la novela. Esa edición, considera Guillermo Piña Contreras, fue corregida y mejorada por Bosch. No obstante, la Fundación Juan Bosch prefiere seguir reimprimiendo la edición de 1966, a la que nos atenemos para este comentario.

Había dejado la República Dominicana en enero de 1937 al intuir que, de quedarse en el país, solo tendría dos caminos: naufragar en las aguas terribles de la dictadura de Trujillo (perseguido, encarcelado o asesinado) o resignarse a ser un funcionario más del régimen, quedando asfixiada una de las plumas más brillantes de la literatura dominicana.

Actuó bien. Se fue al exilio en Puerto Rico, primero, luego a Cuba. En consecuencia, su literatura sería más conocida en el extranjero que en su propio país. La dictadura trujillista la vetó por veinticinco años, por eso la segunda edición dominicana de La Mañosa—tercera de la novela—aparece en 1966 con unas Palabras del autor para la tercera edición.

En esas palabras explica Bosch: “La Mañosa obedeció al plan de elaborar una novela en la que no hubiera un personaje central ni caracteres de carne y hueso que pudieran atraer la atención del lector y ‘robarse’ el libro”. (…) “En La Mañosa (…) debía haber un ‘personaje’ central, y sería la guerra civil; y todos los seres vivos que desfilaran por las páginas del libro, sin exceptuar la mula que le daría nombre, deberían ser, en un sentido o en otro, víctimas de ese personaje central”. Y agrega: “Sólo en ese sentido La Mañosa sería política, puesto que las continuas revueltas armadas causaron tantos males al país que contribuyeron a impedir su desarrollo. En una forma o en otra, todos los dominicanos sufrieron las consecuencias de esas contiendas personalistas planteadas y resueltas a balazos”.

En efecto, en la novela, como en la realidad, las nefastas consecuencias de aquellas ‘revoluciones’ las sufren los niños (encarnados en Pepito y Juanito), las madres y padres que preguntan y sufren por sus hijos; los propios hijos reclutados a la fuerza o no para las guerras perdidas; mutilados, corrompidos; la mujer dominicana (personificada en Ángela y Carmita) que juega un papel vertebral; los comerciantes obligados a pagar sobornos, y las sufre a fin de cuentas el país, es decir, La Mañosa, enredado en las patas de los caballos de los caudillos.

A esa edición de 1966 le siguió otra, en 1974, que Bosch encabeza con unas Palabras para la edición especial. Ahí explica que cuando escribió las Palabras del autor para la tercera edición en “ese mes de agosto de 1966 ignoraba la causa de esas guerras civiles tanto como la ignoraba cuando escribí la novela; y en agosto de 1968 estaba diciendo en Composición social dominicana, que la causa de nuestras guerras intestinas era la lucha de clases, una lucha de clases que carecía de orientación ideológica y que además se llevaba a cabo entre capas diferentes de una numerosa pequeña burguesía que peleaban a muerte porque la guerra civil fue, durante muchísimo tiempo, el canal de ascenso social más seguro que conocía el país…”.

A noventa años de La Mañosa, hace rato que nuestro país no es una sociedad rural sino todo lo contrario y es mucho lo que económica y socialmente ha conseguido. Sin embargo, las “contiendas personalistas” entre las capas de la pequeña burguesía dominicana continúan, porque la lucha de clases no desaparece. Esas luchas se han mudado a las llamadas redes sociales y, como cuando La Mañosa, en ellas cualquier pasacantando es un general, un Fello Macario o un Monsito Peña decidido a ser hasta presidente de la República, mientras nuestro pueblo—como Juanito en la novela— observa todo desde su lecho de enfermo. La burguesía que no teníamos en 1935, la tenemos hoy, pero no es una clase gobernante. Es clase dominante, pero incapaz de imprimir en la sociedad una huella de orden y desarrollo coherentes y perdurables. Vive en permanente acumulación originaria de capital y sólo sabe ganar más y más dinero.

Noventa años después de la primera novela de Bosch, no se sorprenda nadie si siente que perdura todavía la misma sensación de inutilidad, desaliento y confusión que flota en la atmósfera de La Mañosa.