Cuarenta años después vuelvo con el tema un sustituto del dinero

Getting your Trinity Audio player ready...

Por: Víctor Manuel Grimaldi Céspedes | Gardel cantaba que «veinte años no es nada». Permítanme duplicar la cuenta: cuarenta años tampoco parecen tantos cuando uno encuentra un viejo recorte de periódico y descubre que las preguntas de entonces siguen acompañándonos, aunque ahora llevemos parte de sus respuestas en el teléfono.

El 30 de junio de 1986 publiqué en la página 7 del Listín Diario un artículo titulado «Un Sustituto del Dinero». Al releerlo en este 2026, reconozco una preocupación que ya me interesaba: cómo las computadoras, las tarjetas de crédito y los registros electrónicos estaban transformando nuestra manera de pagar, recibir ingresos y relacionarnos con los bancos.

Escribí entonces: «Se cita la eliminación del dinero como una meta económica de una sociedad avanzada». A continuación señalaba una paradoja: mientras ciertos pensadores socialistas habían imaginado una sociedad sin dinero, las empresas del sistema capitalista estaban desarrollando instrumentos que permitían prescindir de billetes y monedas en un número creciente de operaciones.

Cuarenta años después conviene precisar aquella comparación. Reducir el uso del efectivo no equivale a eliminar el dinero ni supone realizar un programa socialista. Los precios, los salarios, los ahorros y las deudas continúan expresándose en unidades monetarias. Lo que cambia es el instrumento con el que pagamos y la forma en que registramos y transferimos el valor.

En aquel artículo recurrí a Paul Samuelson, quien contemplaba la posibilidad de registrar electrónicamente las transacciones y disminuir la necesidad de llevar dinero en los bolsillos. Según el pasaje que cité entonces, el dinero conservaría su función como unidad de cuenta, aunque se prescindiera de su representación material en muchas operaciones.

Esa distinción era fundamental. El porvenir no consistía necesariamente en una economía sin dinero, sino en una economía donde una parte creciente del dinero circularía sin pasar físicamente de una mano a otra.

En 1986 el protagonista de mi artículo era el «dinero plástico». Hoy, hasta el plástico puede resultar innecesario para determinadas compras. El teléfono permite acceder a cuentas, ordenar transferencias y utilizar billeteras digitales. El cambio alcanza también al comercio: una venta puede comenzar en una pantalla y pagarse sin que comprador y vendedor se encuentren.

La magnitud de esa transformación aparece en el informe Global Findex 2025 del Banco Mundial. En los países de ingreso bajo y mediano, el 42 % de los adultos realizó en 2024 un pago digital a un comercio, presencialmente o por internet, frente al 35 % en 2021. Son datos de 2024 publicados en 2025: una referencia concreta para medir el avance, sin confundir las fechas.

También la República Dominicana ha cambiado. En aquel texto escribí: «En la República Dominicana apenas hemos ingresado a la prehistoria de este proceso». Hoy el Banco Central publica estadísticas sobre transferencias, tarjetas, pagos por internet, operaciones sin contacto y tarjetas incorporadas a billeteras digitales. Aquello que describíamos como una transformación incipiente tiene ya una infraestructura y un seguimiento estadístico propios.

El proceso continúa. En agosto de 2026 se anunció que el nuevo Sistema de Gestión de Pagos Instantáneos está previsto para el primer semestre de 2027. Conviene distinguir ese proyecto del servicio de Pagos al Instante BCRD que ya existe. La modernización debe medirse por servicios efectivamente disponibles y por sus resultados para los ciudadanos.

Al releer mi artículo también encuentro una formulación que merece mayor precisión: la referencia a la creación de dinero mediante las tarjetas de crédito. Una tarjeta es un instrumento que permite utilizar una línea de crédito; no constituye por sí misma una moneda. Una tarjeta de débito permite disponer de fondos depositados. Y una transferencia mueve fondos entre cuentas. No debemos confundir el dinero, el préstamo y el mecanismo utilizado para pagar.

Mi preocupación de fondo, sin embargo, conserva vigencia. Terminé aquel escrito reclamando capacidad para cuantificar y supervisar tanto la expansión del crédito como el mercado informal. La tecnología puede acelerar las operaciones, pero no reemplaza la responsabilidad de las instituciones ni la necesidad de comprender los compromisos que asume quien se endeuda.

Una compra puede autorizarse en segundos y comprometer los ingresos de varios meses. Que el pago resulte fácil no significa que el crédito sea barato. Una economía moderna necesita ciudadanos capaces de entender intereses, comisiones, plazos y consecuencias del incumplimiento.

También necesita proteger a quienes encuentran dificultades para utilizar estos servicios. El progreso debe incluir al pequeño comerciante, al habitante de una comunidad con mala conexión y a la persona mayor que necesita atención humana. Conservar opciones de pago y asistencia forma parte de una modernización bien concebida.

A ello se añade la privacidad. Cada transacción electrónica puede dejar un registro. Esa información exige protección, límites de acceso y responsabilidades claras. La comodidad del usuario no debe comprarse al precio de su indefensión frente al fraude o al uso indebido de sus datos.

Cuarenta años después, aquel recorte me devuelve una convicción: las transformaciones tecnológicas deben observarse antes de que se vuelvan costumbre, pero también examinarse después, cuando ya forman parte de nuestra vida.

Gardel cantaba sobre el tiempo y el regreso. Yo regreso hoy a una página del Listín Diario de 1986 y encuentro una conversación que sigue abierta. Hemos cambiado el billete por la tarjeta y, en muchas operaciones, la tarjeta por el teléfono. La pregunta permanece: ¿estamos haciendo más fácil solamente el pago, o también la vida de quienes pagan?