BANDERAS ROJAS PREOCUPANTES

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Por: ​Daniel Cruz | ​En estos días he escuchado dos declaraciones que representan sendas banderas rojas de alerta para la oposición política de la República Dominicana. Por separado, cada una debería motivar una profunda preocupación en los partidos opositores y en las fuerzas vivas del país que apuestan por un desarrollo sostenido en un ambiente de paz social y política. Juntas, sin embargo, disparan las alarmas.

​El primer caso se refiere a lo expresado por el sindicalista del transporte Juan Hubieres, en el sentido de que las elecciones municipales de febrero de 2020 fueron abortadas en momentos en que el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y sus aliados llevaban ganado el 70 por ciento de los cabildos. Pese a la gravedad de la afirmación, nadie parece haberse dado por enterado de lo dicho por Hubieres.

​Más que cualquier otra cosa, estas declaraciones hablan con elocuencia de la catadura moral de los responsables de aquella acción. Solo personas desprovistas de principios éticos pueden, en procura de desacreditar a sus adversarios y evitar ser derrotados en un proceso electoral, colocar a una nación al borde de una crisis política de gran envergadura. He ahí la primera bandera roja.

​Las segundas declaraciones provienen de la embajadora norteamericana en la República Dominicana, Leah Francis Campos. La diplomática señaló que se topó con una situación que la llevó a pensar que la Embajada fue influenciada en ocasiones para retirarle el visado a algunas figuras públicas. Esta es la segunda bandera roja.

​Una acción de esta naturaleza también pone de manifiesto la falta de calidad moral de sus propiciadores.

​¿Y a qué viene todo esto?

​Si para alcanzar el poder algunos dirigentes políticos son capaces de cualquier cosa, ¿qué estarían dispuestos a hacer para mantenerse en él?

​Esa pregunta requiere una respuesta inteligente, acompañada de la disposición de anticipar acciones que eviten al país crisis políticas poselectorales, las cuales ya habían sido superadas gracias a la madurez del liderazgo que ha dirigido la cosa pública en los últimos años.

​Desde 1996, con sus altas y bajas, el país ha mantenido una línea de desarrollo y estabilidad que personas díscolas, sin formación ni freno moral, podrían echar por tierra. Esto, motivado por el temor de volver a la oposición, donde, despojados de la protección del poder, tendrían que rendir cuentas ante el país y ante la justicia norteamericana.

​El liderazgo de los partidos políticos de la oposición —tanto de los grandes como de los pequeños— debe hacer conciencia de que a los perremeístas no se les desalojará del gobierno únicamente con simpatía y votos. Debe articularse, entre otras cosas, un sólido movimiento de opinión y agitación que genere un vacío social y político insostenible para quienes integran este mal gobierno. Además, la victoria electoral debe ser con una mayoría aplastante e incuestionable.