Cuando el Estado guarda silencio

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Por: Yulibelys Wandelpool | Detrás de cada expediente existe una historia humana. Existe una persona que espera una certificación para acceder a un empleo; un emprendedor que necesita una autorización para iniciar un negocio; una empresa que requiere un permiso para realizar una inversión; un servidor público que reclama un derecho; una familia que espera una respuesta que puede influir directamente en su bienestar.

Sin embargo, con demasiada frecuencia, esas personas se encuentran con una realidad frustrante: cumplen con todos los requisitos exigidos por la ley, depositan los documentos requeridos y esperan durante semanas, meses o incluso años una respuesta que nunca llega.

Lo que para algunos puede parecer un simple trámite pendiente, para quien espera una decisión representa incertidumbre, retraso y, en ocasiones, la imposibilidad de ejercer plenamente sus derechos. Por eso, la falta de respuesta de la Administración Pública no debe analizarse únicamente como una deficiencia de gestión. Se trata de una situación que afecta la confianza ciudadana, debilita la seguridad jurídica y compromete principios esenciales del Estado de derecho.

En un Estado social y democrático de derecho, la Administración Pública existe para servir a las personas. Su legitimidad no descansa únicamente en las competencias que ejerce o en las decisiones que adopta, sino también en la forma en que se relaciona con los ciudadanos. Una administración que escucha, tramita y responde fortalece la democracia; una administración que guarda silencio la debilita.

La Constitución de la República y la Ley Núm. 107-13 sobre los Derechos de las Personas en sus Relaciones con la Administración y de Procedimiento Administrativo reconocen el derecho de toda persona a recibir una decisión expresa, motivada y dentro de un plazo razonable. No se trata de una concesión graciosa de la autoridad ni de una cortesía institucional. Es una obligación jurídica y una garantía esencial para la efectividad de los derechos.

La respuesta administrativa cumple una función que va mucho más allá de informar una decisión. Permite al ciudadano conocer las razones de la actuación estatal, ejercer adecuadamente su derecho de defensa y, cuando corresponda, impugnar la decisión por las vías previstas en el ordenamiento jurídico. Sin respuesta, el ciudadano queda atrapado en la incertidumbre y la indefensión.

Por ello, el silencio administrativo no debe analizarse únicamente como una irregularidad procedimental. En muchos casos constituye una barrera real para el ejercicio de derechos y una manifestación de ineficiencia institucional que genera costos económicos y sociales significativos.

La buena administración exige comprender que el tiempo de los ciudadanos tiene valor. Cada día de retraso injustificado representa una carga para quien espera una respuesta del Estado. En una sociedad cada vez más dinámica, donde las decisiones personales, empresariales y profesionales dependen de actuaciones administrativas oportunas, la demora deja de ser un problema secundario para convertirse en un obstáculo al desarrollo.

No es casual que en los sistemas jurídicos más avanzados se haya consolidado el reconocimiento del derecho a una buena administración como un verdadero derecho de los ciudadanos. Este concepto implica que las autoridades deben actuar con objetividad, transparencia, eficiencia, celeridad y respeto por la dignidad de las personas. En otras palabras, supone reconocer que la calidad institucional no depende únicamente de la legalidad de las decisiones, sino también de la oportunidad con que estas son adoptadas.

Todavía persiste en algunos ámbitos una cultura administrativa que considera normal que los ciudadanos esperen indefinidamente una contestación. Esa visión resulta incompatible con los principios constitucionales que rigen la actuación pública. Una institución moderna no puede medir su éxito por la cantidad de expedientes acumulados, sino por su capacidad para resolverlos.

Fortalecer el derecho a recibir respuesta requiere más que nuevas disposiciones legales. Exige una transformación cultural dentro de la Administración Pública, el establecimiento de mecanismos efectivos de seguimiento y rendición de cuentas, y la convicción de que servir al ciudadano implica responderle.

La calidad de una democracia también puede medirse por la capacidad de sus instituciones para escuchar y contestar. Cada respuesta oportuna fortalece la confianza pública; cada silencio injustificado la erosiona.