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Por: Sergio Sarita Valdez | El centro computacional orgánico humano lo representa nuestro cerebro.
A través de los accesorios periféricos, digamos la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto, llevamos señales por medio de intermediarios bioquímicos hasta grupos de neuronas altamente especializadas, las que, a su vez, elaboran respuestas que son moduladas y finalmente devueltas a los órganos y sistemas correspondientes.
De lo arriba expuesto se deduce que, para que nuestro organismo funcione de manera apropiada, debemos alimentarlo correctamente, a tiempo, con calidad y en cantidad adecuada.
Durante la niñez y la temprana adolescencia predominan los procesos anabólicos, lo que significa que se necesita una mayor cantidad de proteínas, vitaminas, grasas y carbohidratos hasta construir todo el sistema musculoesquelético y los diversos órganos que componen el cuerpo. En la edad adulta llegamos a una especie de equilibrio en donde ingerimos lo que consumimos durante la actividad metabólica. En la senectud, de modo natural, la función catabólica o de desgaste predomina sobre la anabólica, por lo que el desgaste muscular y óseo hace que la persona tienda a perder estatura y que también se vuelva más frágil y propensa a caídas y fracturas.
Es durante los dos extremos de la vida, la infancia y la ancianidad, cuando la persona se torna más frágil, por lo que requiere cuidados y atenciones por parte de los adultos. La vida en sociedad permite el desarrollo armonioso de una determinada población y, por extensión, del resto del mundo. La evolución del Homo sapiens ha permitido que este haya logrado superar en casi todos los sentidos, en un tiempo relativamente corto, a todos los demás mamíferos terrestres. Hemos conseguido pisar la superficie de la Luna y ya se hacen los preparativos para viajar al planeta Marte.
El pensamiento humano es un producto social complejo, resultado de un sinnúmero de variables que interactúan de forma integral y que comprenden elementos biológicos, psicológicos y ambientales.
La salud integral es fundamental para el bienestar del individuo. Nadie puede cantar salud en soledad; quiérase o no, todos dependemos del otro o de los otros. Es imposible vivir una existencia sana en soledad. Para gozar de un equilibrio emocional y físico se requiere de un ambiente sin contaminación. La interacción social libre de violencia, en donde haya respeto mutuo, comprensión y amor al prójimo, representa lo ideal para una convivencia universal.
El mundo está enfermo; no debemos ingerir la comida a la fuerza para nutrir el cuerpo social. La violencia engendra violencia. Sabiamente nos lo advirtió Mahatma Gandhi: “Ojo por ojo y el mundo terminará ciego”. Quien siembra vientos cosechará tempestades. Constituyámonos en un gran ejército universal de paz, cerrémosle el paso al odio y a la violencia. Es hora de hacer fila en nombre del amor universal; démosles la bienvenida en nuestros corazones a todas las razas, respetemos las creencias, aunque no necesariamente las compartamos; trabajemos por el bien común, que es obrar por nosotros mismos y nuestras familias. Saquemos el odio y el rencor de nuestras mentes y pongamos el amor en su lugar. Paz y salud en la tierra para todos los hombres y mujeres de buena voluntad en tiempos de incertidumbre.





