Democratización de la Corrupción

Junto a tantos otros problemas como la desigualdad, la pobreza, la precariedad de recursos públicos y la injusticia, la corrupción y su inseparable pareja, la impunidad, son un problema que hasta el momento República Dominicana no ha podido controlar, disminuir o erradicar.

En los últimos decenios de años la corrupción se ha constituido en uno de los problemas más graves de acuerdo con la percepción ciudadana, y el primer disuasivo de la inversión, la competencia y la competitividad, según los empresarios.

Aun así, ningún gobierno se ha tomado en serio esa percepción, al menos, no en la práctica, aunque sí en el discurso, casi siempre como lema de campaña o como eslogan para llegar al poder, pero mostrando cierta apatía cuando les ha tocado asumir el poder.

No importa quién haya detentado el poder, ni en qué rama o instancia de gobierno, la democratización del país y la alternancia trajeron como correlato la democratización de la corrupción.

No hay gobierno que se haya salvado. No hay gobierno que no señale al de otra bandera partidaria como corrupto, pero a la vez, no hay gobierno que no la haya practicado cuando le ha llegado su turno y que no haya disfrutado de sus dividendos.

La diferencia es que antes el pastel de la corrupción se repartía entre unos pocos, mientras que ahora todos los dirigentes y militantes de los partidos son beneficiarios de la corrupción.
Sea a través del desvío de recursos públicos, de la asignación directa de contratos a sus allegados, de la recepción de fondos ilegales para sus campañas, del uso discrecional del presupuesto o de la utilización clientelar de los programas sociales, unos más y otros menos, pero todos tienen en su haber la construcción de redes y mecanismos que la hacen posible y rentable.
No hay candidato que pueda presumir de no haber incurrido en alguno o varios de los delitos que la ley electoral establece como delitos de corrupción: no reportar los ingresos y gastos de campaña, no recibir recursos provenientes de los Gobiernos o del sector privado, no superar los topes de campaña, no manipular los programas sociales.

La corrupción se ha democratizado tanto que existen personeros cuyo único trabajo es cabildear cobros, pagos, contratos, préstamos y todo aquello cuya intermediación sea pérdida de dinero para los fondos públicos no importa a qué precio.

Lo que acontece ahora con más de veinte escándalos de corrupción, cuyos procesos duermen el sueño eterno de la investigación judicial, expresan la decadencia del sistema por el que nos regimos y que si no mejoramos lo vamos a destruir.

Las fortunas ostentosas que se exhiben o se guardan a costa del erario y la pobreza de las mayorías son presentadas públicamente sin riesgos, por ahora, pero puede ser que en un futuro si el sistema sigue como va, mucha gente tenga que salir huyendo con sus cargas de oro ante una situación insostenible.

El reto de combatir la corrupción para quien quiera que resulte presidente será formidable. No hay fórmula mágica, eso sí, y requiere de mucho más que de la mera voluntad del gobernante.