En defensa del multilateralismo

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Por: Margarita Cedeño | La reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos vuelve a poner sobre la mesa la paradoja inquietante de los problemas que enfrenta la humanidad, que son cada vez más globales, como la crisis climática, las tensiones geopolíticas y disrupciones tecnológicas, las migraciones masivas y vulnerabilidades financieras. Hoy en día, las respuestas políticas tienden a ser cada vez más nacionales, fragmentadas y, en muchos casos, abiertamente confrontacionales. Nunca como ahora el mundo había necesitado tanto del multilateralismo; y, sin embargo, pocas veces había estado tan debilitado.

Diversos líderes que participaron en Davos han coincidido en que estamos atravesando un cambio de época. El primer ministro de Canadá lo expresó con claridad al advertir sobre la ruptura del orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial, indicando que el orden basado en reglas preexistentes muestra signos evidentes de agotamiento. Ese orden, basado en reglas compartidas, instituciones multilaterales y una cierta racionalidad cooperativa, es hoy cuestionado por una ola de liderazgos con rasgos autocráticos, para quienes la política internacional no es un espacio de negociación sino un campo de imposición.
La figura de Donald Trump simboliza, quizás como ninguna otra, este giro. Su visión del mundo, centrada en el proteccionismo, el repliegue nacional y la lógica transaccional de suma cero, ha contribuido a erosionar principios básicos del sistema multilateral como la cooperación, el respeto a los acuerdos, la solución pacífica de controversias y la primacía del derecho internacional. Pero Trump no es una excepción aislada, sino parte de una tendencia más amplia que incluye a líderes que, desde distintos contextos, privilegian el discurso identitario, el nacionalismo económico y la desconfianza hacia cualquier forma de gobernanza global.

El resultado es un multilateralismo en crisis. Los organismos internacionales parecen cada vez más incapaces de cumplir su misión original. El Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, en particular, enfrenta un descrédito creciente, marcado por la parálisis de los vetos cruzados, atrapada en lógicas burocráticas y desbordada por conflictos que no logra prevenir ni resolver. La guerra en Ucrania, el drama persistente en Medio Oriente, la incapacidad de articular una respuesta efectiva frente al cambio climático o de garantizar mínimos consensos en materia de derechos humanos son síntomas de una arquitectura institucional que ha perdido eficacia y legitimidad.
No se trata únicamente de un problema de diseño institucional, sino de voluntad política. Los Estados más poderosos han aprendido a instrumentalizar o a ignorar las reglas multilaterales cuando estas entran en conflicto con sus intereses inmediatos. Aunque se mantiene el discurso de la cooperación, en la realidad, se practica la política del hecho consumado.

Frente a este escenario, adquiere especial relevancia el papel de aquellos liderazgos que, sin idealizar el multilateralismo, siguen apostando por él como única vía racional para gestionar un mundo interdependiente. Un ejemplo de ello es Lula da Silva, quien ha asumido una diplomacia activa, orientada a recomponer puentes, reducir tensiones y promover el diálogo incluso entre actores enfrentados. Sus llamados a mejorar las relaciones entre países con visiones opuestas, su énfasis en el Sur Global y su defensa de una gobernanza internacional más inclusiva representan una excepción en un clima dominado por la confrontación. Lula reconoce las asimetrías de poder y las limitaciones reales de las instituciones multilaterales, partiendo de un mundo profundamente interconectado, donde nadie gana solo.

Defender el multilateralismo hoy no implica defender un statu quo fallido, sino rescatar su espíritu original y reformarlo con realismo. Significa repensar instituciones como la ONU, dotarlas de mayor representatividad, transparencia y capacidad de acción. Pero, sobre todo, implica reconstruir una cultura política internacional basada en la cooperación, la empatía estratégica y el reconocimiento de la interdependencia.

Davos, más allá de su simbolismo elitista, funciona como un termómetro del clima global. Y lo que revela es un mundo tensionado entre dos lógicas, la primera, que es la del repliegue, la segunda, que es la del entendimiento. En esa encrucijada, el multilateralismo no es una opción ideológica, sino una necesidad histórica. Su crisis es real, pero su desaparición sería, sencillamente, una receta para el desorden permanente. En tiempos de incertidumbre, defenderlo es, paradójicamente, un acto de realismo político.