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Por: Víctor Manuel Grimaldi Céspedes | La historia internacional tiene momentos en que las grandes transformaciones no anuncian su llegada con declaraciones dramáticas, sino con imágenes cuidadosamente construidas.
Hay fotografías que no retratan simplemente un instante, sino un cambio de época.
Eso es lo que trasmitieron las escenas llegadas desde Beijing: Donald Trump avanzando entre honores militares en el Gran Palacio del Pueblo; Xi Jinping recibiéndolo con la serenidad estudiada de quien representa no solo a un gobierno, sino a una civilización de varios milenios; niños agitando simultáneamente banderas estadounidenses y chinas; el secretario de Estado Marco Rubio —hasta hace poco una figura sancionada por Beijing— sentado en la mesa de conversaciones; y finalmente el banquete, con pato pekinés, panecillos fritos de cerdo, brindis solemnes, elogios recíprocos y palabras deliberadamente escogidas para transmitir estabilidad.
No estamos observando una simple visita diplomática. Estamos asistiendo a una representación simbólica del posible nacimiento de un nuevo equilibrio internacional.
Xi Jinping escogió cuidadosamente sus palabras.
Definió el encuentro como histórico y recordó que la relación entre China y Estados Unidos constituye la relación bilateral más importante del planeta, una relación que no puede permitirse el lujo del caos o la ruptura.
Trump respondió con un tono sorprendentemente cordial, calificando la velada como otra querida oportunidad para conversar entre amigos.
Esa frase, en apariencia ligera, tiene enorme peso político.
Hace pocos años el lenguaje entre ambos países estaba dominado por acusaciones mutuas, sanciones, confrontaciones comerciales, sospechas de espionaje tecnológico y tensiones militares abiertas en torno a Taiwán y el Indo-Pacífico.
El contraste es demasiado fuerte para ser casual. Lo que ha cambiado no es la existencia de rivalidad; lo que ha cambiado es el reconocimiento mutuo de que esa rivalidad debe administrarse.
Por eso resulta particularmente reveladora la frase atribuida a Xi según la cual el progreso chino es compatible con el Make America Great Again.
Esa formulación merece ser leída con cuidado. No es un gesto de subordinación. Tampoco un desafío frontal.
Es una propuesta estratégica elegantemente formulada: China no plantea destruir la centralidad estadounidense, sino convivir competitivamente con ella.
Dicho con crudeza diplomática, Beijing parece estar diciéndole a Washington que el siglo XXI puede organizarse sobre una coexistencia entre potencias rivales, siempre que ninguna intente convertir la competencia en una guerra sistémica total.
Mi artículo del 2018
Esa idea conecta directamente con una interrogante que formulé en julio de 2018 en Listín Diario, cuando comenzaban los primeros cañonazos visibles de la guerra comercial entre ambas potencias.
Entonces preguntaba si países como la República Dominicana debían alinearse o preservar neutralidad frente al conflicto emergente entre China y Estados Unidos.
En aquel momento muchos consideraban que aquello era apenas una disputa comercial coyuntural, un pulso arancelario propio del estilo negociador de Trump.
Ocho años después, la historia ha demostrado que aquel conflicto no era un episodio aislado, sino el síntoma temprano de una transformación estructural mucho más profunda.
Durante más de tres décadas el sistema económico global funcionó sobre una ecuación aparentemente estable: Estados Unidos consumía y China producía; Wall Street financiaba y Beijing ahorraba; las corporaciones estadounidenses trasladaban manufactura a Asia mientras el consumidor occidental disfrutaba costos reducidos.
Fue un matrimonio extraordinariamente rentable, pero estratégicamente peligroso.
China acumuló capacidad industrial, reservas financieras, experiencia tecnológica y una infraestructura manufacturera sin precedentes.
Estados Unidos, en cambio, comenzó a descubrir las consecuencias sociales y estratégicas de su propia desindustrialización.
La percepción de haber contribuido a fabricar al principal competidor estratégico del siglo XXI fue madurando lentamente en Washington hasta convertirse en consenso.
La llegada de Trump aceleró brutalmente esa mutación psicológica.
Vinieron los aranceles, las represalias cruzadas, la confrontación comercial abierta y el intento de rediseñar las cadenas globales de suministro. Empresas estadounidenses comenzaron a trasladar parte de sus operaciones hacia India, Vietnam, México, Indonesia y otros destinos alternativos. Pero pronto apareció la gran realidad incómoda: mover fábricas individuales es relativamente sencillo; reconstruir ecosistemas industriales completos es otra cosa.
Muchas de las nuevas plataformas manufactureras continuaban dependiendo de componentes chinos, capital chino o infraestructura industrial vinculada indirectamente a Beijing. Cambió parte de la geografía visible del comercio; no desapareció la dependencia estructural.
China tampoco permaneció inmóvil. Entendió rápidamente que poseía instrumentos de presión igualmente poderosos. Las tierras raras adquirieron valor geopolítico extraordinario.
Los minerales críticos esenciales para electrónica avanzada, defensa, energías limpias y microprocesadores comenzaron a formar parte del arsenal estratégico. La soja estadounidense fue convertida en represalia quirúrgica dirigida al corazón electoral del trumpismo rural. Lo que había comenzado como disputa comercial terminó revelándose como una guerra de vulnerabilidades estructurales.
Por eso la actual cumbre no puede interpretarse como una simple reconciliación comercial.
Nadie está viendo el retorno ingenuo a la globalización despreocupada de comienzos de siglo.
Lo que observamos es algo mucho más sofisticado: dos adversarios sistémicos que han descubierto simultáneamente que pueden infligirse daño grave, pero no amputarse sin autolesionarse. Esa es la lógica profunda de Beijing.
El contexto internacional amplifica todavía más el significado del encuentro. Desde el inicio de esta conversación hemos examinado el impacto estratégico del Estrecho de Ormuz, la presión sobre Irán, la vulnerabilidad energética china, la proyección naval estadounidense y el riesgo de escaladas regionales capaces de alterar la economía global.
Si efectivamente Trump y Xi han coincidido en la necesidad de impedir una nuclearización iraní y de evitar que el petróleo mundial quede rehén de una crisis regional, entonces el mensaje es contundente.
Beijing no abandona su tradicional ambigüedad diplomática, pero tampoco desea que una confrontación incontrolable destruya la estabilidad energética de la que depende su crecimiento.
Ese punto es crucial. China importa enormes volúmenes de energía y cualquier crisis prolongada en el Golfo Pérsico golpea directamente su seguridad económica.
De ahí que la posibilidad de diversificar suministros energéticos —incluyendo mayores compras de petróleo estadounidense— no sea un simple detalle comercial, sino una variable estratégica de primer orden.
El comercio energético se convierte así en instrumento de estabilidad geopolítica.
La presencia misma de la delegación estadounidense refuerza esa interpretación.
No estamos ante una misión exclusivamente diplomática.
La inclusión de figuras empresariales y tecnológicas refleja la verdadera naturaleza del conflicto contemporáneo.
El centro del poder ya no se mide únicamente por territorio o capacidad militar convencional. Se mide por microchips, inteligencia artificial, baterías, satélites, datos, minerales estratégicos, cadenas logísticas y control tecnológico. El reparto del siglo XXI se juega en esos tableros invisibles.
Europa observa todo esto con ansiedad visible. Las imágenes difundidas por medios europeos reflejan preocupación, y con razón. Mientras Washington y Beijing discuten seguridad energética, comercio, tecnología y estabilidad global, Bruselas aparece como espectadora.
En Yalta, Churchill estaba sentado en la mesa. Hoy Europa mira desde la distancia, temiendo que el nuevo equilibrio se diseñe sin su participación central. Esa ausencia es uno de los datos más reveladores de la coyuntura.
También hemos comentado en esta conversación un elemento cultural menos superficial de lo que parece: la teatralidad del poder. Xi comprende perfectamente la psicología política de Trump. Sabe que responde favorablemente al ceremonial, al reconocimiento visible, a la escenografía del prestigio.
La recepción en Beijing no fue improvisada. Fue cuidadosamente coreografiada: honores militares, alfombras rojas, arquitectura monumental, niños saludando, banquetes impecables y una dramaturgia diplomática destinada a transmitir respeto y centralidad histórica. Trump, por su parte, se mueve con naturalidad en ese universo simbólico porque él mismo entiende la política como espectáculo, jerarquía e imagen.
Eso explica por qué esta escena recuerda menos a una simple negociación comercial que a una cumbre imperial contemporánea.
No en el sentido clásico de Yalta o Potsdam, donde vencedores militares rediseñaban territorios, sino en el sentido moderno de potencias que negocian coexistencia estratégica bajo nuevas reglas.
Los emperadores ya no extienden mapas de papel sobre grandes mesas de madera. Ahora administran satélites, algoritmos, supercomputación, inteligencia artificial, cadenas energéticas y corredores marítimos.
Europa teme. Rusia observa. India calcula. Turquía maniobra. Irán resiste.
Israel presiona. América Latina, mientras tanto, debe preguntarse nuevamente cuál será su lugar en este tablero. La vieja interrogante sigue viva: alineamiento, equilibrio o autonomía inteligente.
Pero hoy la pregunta es todavía más compleja, porque ya no hablamos solo de comercio.
Hablamos de seguridad, tecnología, energía, inteligencia artificial y estabilidad global.
Lo ocurrido en Beijing no garantiza paz duradera ni elimina rivalidades profundas.
Pero sí sugiere algo trascendental: Washington y Beijing parecen haber comprendido que el siglo XXI no puede organizarse sobre la ilusión de destruir completamente al otro.
Y cuando dos gigantes llegan simultáneamente a esa conclusión, la historia suele entrar en una nueva fase.
Quizás todavía no conocemos su nombre definitivo.
Pero probablemente acabamos de ver su primera gran escenificación pública.





