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Por: Osiris Mota | I. DETERIORO DE LA INSTITUCIÓN POLÍTICA
La nostalgia me embarga cuando reviso los recuerdos de nuestra formación y construcción política en los años setenta, cuando comenzamos a militar en el PLD. Entonces estábamos levantando una institución con objetivos claros, con un marco social e ideológico sustentado en principios y valores que nos mantenían en acción constante, en la conquista de espacios que nos empoderan para impulsar una transformación social orientada al bien común.
Hoy, esa realidad dista mucho de la que vivimos. Los partidos languidecen bajo los signos del mercado global, y la democracia se percibe vacía, frágil o, sencillamente, decepcionante.
La falta de ideología en los partidos políticos no implica ausencia de discurso, sino ausencia de coherencia ética y de proyecto histórico. La ideología, en su sentido más noble, no es un dogma: es una brújula. Cuando los partidos la pierden, dejan de saber para qué existen y solo se concentran en cómo ganar. La política se reduce entonces a marketing, encuestas, consignas emocionales y promesas intercambiables. Da igual quién gobierne: el relato cambia, pero la realidad social permanece intacta.
A esto se suma la pérdida de proyectos de bien social. Muchos partidos ya no piensan la sociedad que quieren construir en cinco, diez o veinte años, sino el próximo ciclo electoral. El bien común es sustituido por beneficios sectoriales, clientelismo o simples parches coyunturales. La política deja de ser transformadora y se convierte en una mera administración de la inercia, generando frustración ciudadana, apatía y desconfianza en la democracia.
Este vacío ideológico deteriora la democracia por varias vías:
Desmoviliza: sin ideas ni horizonte, la ciudadanía deja de participar.
Abre la puerta al populismo, que ofrece identidades simples y enemigos claros en lugar de soluciones reales.
Normaliza la corrupción y la impunidad, porque cuando no hay principios, todo se vuelve negociable. Sin un proyecto moral y social, el poder se ejerce sin límites internos.
Desnaturaliza a los partidos, que dejan de ser escuelas de ciudadanía para convertirse en maquinarias electorales al servicio de intereses individuales, sin formación de cuadros ni debate público.
II. EL MERCADO IMPONE EL INDIVIDUALISMO
El poder se ha globalizado y desterritorializado. El capital financiero, las corporaciones multinacionales y las fuerzas del mercado operan a escala global, fuera del control efectivo de las instituciones políticas democráticas locales. La política, anclada al Estado, ha perdido gran parte de su soberanía. Los gobiernos administran, pero carecen del poder real para cambiar las reglas del juego económico global.
Así, la política se reduce —con todos sus vicios acumulados— a una gestión técnica de asuntos locales dentro de los límites que impone el mercado global, renunciando a la voluntad de transformación colectiva orientada al bien común.
El dominio de los medios de comunicación y de sofisticadas estrategias de marketing refuerza la lógica del consumo individual. Lo importante ya no es el ciudadano, sino el consumidor. Se ofrecen soluciones individuales para satisfacer una necesidad artificial de comprar sin sentido, enriqueciendo cada vez más a unos pocos dueños del capital global, en una concentración de riqueza perversa e insostenible para el planeta y para la vida social.
III. DETERIORO DE NUESTROS PARTIDOS
La institucionalidad interna de nuestras organizaciones políticas se ha venido destruyendo. Jefes de grupo imponen criterios personales respaldados por el tamaño de sus chequeras, complaciendo intereses individuales o sectoriales capaces de comprar voluntades, en desmedro del interés colectivo.
El debate público se ha contaminado con la penetración del narcotráfico, de sectores vinculados a los juegos de azar y de corruptos enriquecidos con el erario. Son estos actores los que hoy influyen en decisiones partidarias, mientras los partidos se acomodan al poder de oligarcas y dueños de los medios de producción. El resultado es una práctica política cada vez más empobrecedora de la vida social y democrática de la nación.
No existen espacios reales para la discusión, el planteamiento de ideas ni el desarrollo de proyectos sociales en las comunidades. Los liderazgos no están interesados en empoderar a la ciudadanía frente a problemas comunes como la salud, la seguridad, el tránsito, la inflación o los apagones. Cada quien se repliega en la solución individual de sus problemas, profundizando el aislamiento y la fragmentación social.
IV. RENOVAR LA ESPERANZA
Zygmunt Bauman plantea que nunca habíamos tenido tantas libertades individuales de consumo y de estilo de vida, pero que, paradójicamente, sentimos una profunda impotencia política para cambiar el rumbo de las fuerzas que determinan nuestras vidas. Nos invita a no aceptar esta disolución de la política, sino a buscar nuevas formas de acción colectiva que permitan solidificar nuevamente el poder ciudadano en un mundo donde el poder real se ha vuelto líquido y ha escapado de las vasijas de la democracia tradicional.
La sociedad debe recuperar la confianza en sus instituciones e impulsarlas para que sean garantes de los cambios que necesitamos. Cruzarse de brazos y permitir que el deterioro continúe no resolverá nada. Si hoy los problemas no nos afectan directamente, es seguro que mañana la tragedia de lo común nos alcanzará a todos.
Los liderazgos deben recrear espacios de ágora con la militancia, incentivar el debate, la crítica y la autocrítica, y promover que estos ejercicios se reproduzcan en las comunidades. Un debate vivo puede encender el interés por los problemas comunes y motivar la búsqueda colectiva de soluciones o la exigencia de responsabilidades cuando corresponda a otras instancias.
Es necesario convertir las situaciones privadas en asuntos de interés común, elevar la solidaridad a otro nivel y mostrar las ventajas de las soluciones colectivas. El empoderamiento comunitario genera beneficios compartidos que, a su vez, impactan positivamente a cada individuo.
Renovar el interés por la formación política y la educación de la militancia es clave para desincentivar el individualismo y la personalización del liderazgo. Se necesitan líderes con vocación comunitaria, capaces de enseñar cómo se construyen las leyes, cuáles son los deberes y derechos ciudadanos y cómo se ejerce una democracia viva.
Los partidos no existen únicamente para gobernar. Incluso desde la oposición pueden impulsar leyes y proyectos de bien social que mejoren la calidad de vida de la población. Ese es su papel esencial y la vía legítima para recuperar la confianza ciudadana y merecer, en su momento, el respaldo para ejercer el poder.






