Roma debajo de Roma es la Città Dipinta que vuelve a la luz

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Por: Víctor Manuel Grimaldi Céspedes | Durante los muchos años que viví en Roma regresé innumerables veces al Foro Romano. Nunca fue para mí un lugar que pudiera visitarse una sola vez. Volvía y volvía porque cada recorrido permitía mirar algo diferente: el Senado, los templos, los arcos triunfales, la Vía Sacra, las columnas que permanecen en pie y las piedras dispersas que todavía permiten imaginar el centro político de un imperio que durante siglos gobernó buena parte del mundo conocido.
También recorrí los Mercados de Trajano, esa extraordinaria construcción que se levanta junto al Foro de Trajano y que permite comprender hasta qué punto los romanos habían convertido la arquitectura en instrumento de organización de la vida urbana. Y estuve, naturalmente, muchas veces en los alrededores del Coliseo, la Domus Aurea y el Colle Oppio, caminando por esa Roma en la cual uno puede recorrer en pocos centenares de metros varios siglos de historia.
Roma siempre me ha producido esa fascinación.
No solamente por lo que vemos, sino por lo que sabemos que permanece debajo.
Uno camina por una calle moderna, entra en una iglesia, atraviesa una plaza o desciende al sótano de un edificio y puede encontrarse con columnas, muros, mosaicos o restos de construcciones realizadas hace dos mil años. La ciudad actual está literalmente edificada sobre las ciudades que la precedieron.
Por eso, después de tantos años recorriendo aquellos lugares, me produjo una emoción particular ver este 8 de septiembre de 2026, a través de Facebook, al alcalde de Roma, Roberto Gualtieri, descender por las galerías subterráneas del Colle Oppio y presentar una nueva etapa en el descubrimiento y valorización de aquella Roma que permanece bajo nuestros pies.
Gualtieri comenzaba su recorrido diciendo: «Oggi vi porto a scoprire un posto davvero unico al mondo».
Y tenía razón.
Allí, debajo de las Termas de Trajano, vuelve a hacerse visible al público un extraordinario conjunto arqueológico en el que sobresalen la llamada Città Dipinta y el Grande Mosaico.
Lo fascinante es que no estamos simplemente entrando en las Termas de Trajano.
Estamos descendiendo debajo de Trajano.
Y para quien ha recorrido tantas veces el Foro Romano y los Mercados de Trajano, esa constatación resulta particularmente impresionante. Estamos acostumbrados a contemplar la monumentalidad que el emperador dejó sobre Roma: su foro, su columna, sus mercados y las huellas de las enormes termas levantadas en el Colle Oppio. Pero ahora podemos penetrar en construcciones que ya existían cuando Trajano decidió transformar aquella parte de la ciudad.
La Città Dipinta no acaba de ser descubierta. Fue localizada durante las investigaciones arqueológicas realizadas en la zona en 1998. La gran noticia de ahora es la restauración, conservación y apertura de un nuevo recorrido que permitirá contemplar estas obras en condiciones adecuadas.
Y lo que aparece ante nuestros ojos es extraordinario.
Se trata de un fresco de aproximadamente diez metros cuadrados, fechado en el siglo I después de Cristo. Representa una ciudad contemplada desde arriba. Se distinguen murallas, torres, edificios y estructuras urbanas dispuestas mediante una perspectiva sorprendente.
Es casi una visión aérea de una ciudad de la Antigüedad.
No sabemos con certeza cuál.
Y conviene decirlo porque Roma despierta fácilmente la imaginación. La denominación Città Dipinta no significa necesariamente que la ciudad representada sea Roma. Su identificación continúa siendo objeto de investigación arqueológica.
Pero quizás el dato más extraordinario sea otro: aquella pintura pertenece a una construcción anterior a las Termas de Trajano.
Aquí comienza verdaderamente la historia de Roma debajo de Roma.
Las estructuras corresponden a la segunda mitad del siglo I después de Cristo, es decir, al mundo neroniano o flavio. Posteriormente quedaron incorporadas, transformadas y parcialmente sepultadas cuando Trajano emprendió la gigantesca reorganización del Colle Oppio.
La secuencia histórica es formidable.
Después del incendio del año 64, Nerón transformó profundamente esta zona mediante la construcción de la Domus Aurea, su gigantesca residencia imperial. Después de su muerte, en el año 68, los Flavios emprendieron una transformación política y urbanística destinada a devolver al uso público espacios asociados al emperador.
Donde había existido el lago de la residencia neroniana apareció el Coliseo.
Y algunas décadas después, bajo Trajano, otra enorme transformación modificó nuevamente el paisaje.
Las Termas de Trajano, inauguradas en el año 109 después de Cristo y tradicionalmente vinculadas al arquitecto Apolodoro de Damasco, ocuparon aproximadamente 60,000 metros cuadrados. No eran simplemente baños. Constituían un gigantesco centro de vida urbana: ejercicio, higiene, conversaciones, paseos, lecturas y actividades culturales.
La gran exedra que ahora forma parte del recorrido restaurado tiene aproximadamente treinta metros de diámetro. Sus nichos pudieron servir para guardar armarios con libros y documentos, mientras sus graderíos habrían acogido reuniones y lecturas públicas.
Pero todavía más espectacular resulta el Grande Mosaico.
La monumental decoración reproduce una arquitectura semejante a la scaenae frons de un teatro romano: columnas, figuras humanas, estatuas y construcciones se combinan formando un escenario de enorme riqueza visual.
Las investigaciones han permitido identificar además una zona inferior con otra representación arquitectónica, posiblemente una ciudad portuaria o una sucesión de villas marítimas. Otros elementos encontrados permiten calcular que las paredes de aquel extraordinario ambiente pudieron alcanzar unos doce metros de altura.
Imagine el lector aquello hace casi dos mil años.
Y después imagine que desapareció.
O, mejor dicho, que Roma construyó encima.
Eso es lo que siempre me ha fascinado durante mis recorridos por la ciudad. Cuando caminaba una vez más por el Foro Romano o entraba en los Mercados de Trajano, no estaba contemplando solamente unas ruinas. Estaba recorriendo diferentes estratos de una civilización que construyó, destruyó, reutilizó y volvió a construir durante siglos.
Después llegaron la Edad Media, el Renacimiento, la Roma de los Papas, la capital del Reino de Italia y la gran metrópoli contemporánea.
Pero debajo permanecieron las otras Romas.
Por eso tiene algo profundamente simbólico que Roberto Gualtieri, alcalde de una ciudad moderna que debe enfrentarse diariamente al tránsito, el transporte, los servicios públicos y millones de visitantes, descendiera ahora a aquellas galerías para mostrarnos orgullosamente una pintura realizada hace casi dos mil años.
Roma vive acompañada por sus muertos.
Pero sus muertos hablan.
Hablan mediante piedras, mosaicos, frescos, estatuas, inscripciones, acueductos, calles y paredes.
Y quizás por haber vivido tantos años allí y haber recorrido tantas veces esos lugares, comprendo cada vez mejor por qué seguimos llamándola la Ciudad Eterna.
Roma nunca termina de ser descubierta porque, en realidad, Roma nunca terminó de desaparecer.
Uno puede regresar veinte veces al Foro Romano y encontrar algo que no había observado. Puede entrar en los Mercados de Trajano e imaginar la actividad de aquella metrópoli imperial. Puede caminar alrededor del Coliseo y saber que debajo de sus pasos permanecen estructuras todavía más antiguas.
Y un día se abre una galería.
Se ilumina una pared.
Aparecen unas murallas, unas torres, unas figuras humanas y los colores que alguien contempló hace casi dos mil años.
Entonces comprendemos algo extraordinario: debajo de la Roma que conocemos continúa esperando otra Roma.