El golpe de Estado con que se derrocó el 25 de septiembre de 1963 al gobierno que presidía el profesor Juan Bosch dejó lecciones dolorosas que el pueblo dominicano ha sabido asimilar en la medida en que se ha venido recuperando de los traumas iniciales.
Después de ganar las elecciones del 20 de diciembre de 1962 con 619,491 votos, para el 58.72 % de la votación obtenida por su partido, porcentaje que ascendió a 59.53 % con los votos de los aliados, Juan Bosch tomó posesión el 27 de febrero de 1963 en una solemne ceremonia en la que participaron destacados líderes democráticos y personalidades de América.
Desde antes de presentar el juramento, el presidente electo empezó a planificar acciones y tomar medidas para cumplir su oferta electoral y enrumbar el país con pasos firmes por los senderos en que se hallaban las democracias sólidas de la región. Con ese propósito se recuerda su reunión con el presidente de Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, de camino a una visita a Europa en la que procuraba contactos con miras a concertar proyectos importantes para el desarrollo industrial y de la infraestructura del país.
Para nadie era un secreto, porque lo había dicho varias veces, que Juan Bosch se proponía crear las bases de una sólida industria nacional, meta que era imposible sin multiplicar varias veces la producción de energía. Actuando en consecuencia negoció con la General Electric de Inglaterra la electrificación de la presa de Tavera y la construcción de la de Valdesia como presa hidroeléctrica, así como una termoeléctrica en Puerto Plata.
En el plano de lo que podría llamarse el día a día, la cotidianidad del pueblo dominicano, en los siete meses que duró su gobierno tomó medidas para garantizar el abastecimiento de alimento a precio alcanzable para las grandes mayorías. En esa dirección iba dirigida la ley de control de precio que auspició, entre otras iniciativas.
Sin embargo, tan hermosos esfuerzos se vieron malogrados el 25 de septiembre de 1963 por el golpe alevoso que torció la historia del país. Fue así como la transición de la dictadura a la democracia con un sólido desarrollo industrial fue interrumpida y en su lugar se impuso una peligrosa crisis política que afectó el país durante varios años.
Inestabilidad política, incertidumbre económica, una guerra civil y una intervención extranjera fueron solo parte de los inconvenientes con que el pueblo dominicano tuvo que lidiar por causa del alevoso golpe.
Los dominicanos y las dominicanas hemos tenido que aprender en cabeza propia lo doloroso del precio que debe pagarse cuando se quebranta el orden institucional. Por eso, precisamente, nuestra sociedad ve con recelo los llamamientos que cada cierto tiempo levantan algunos díscolos para que se desconozca el orden establecido. Y es probable que esa actitud, que de manera natural genera como contrapartida un fervoroso celo por la preservación del espacio democrático logrado, sea, de entre todas, la lección más importante que nos haya dejado el golpe septembrino.



