Edición No. 1686 del 16 al 30 de noviembre de 2016
La muerte de Fidel Castro, el 25 de noviembre, ha generado una reacción en el mundo, en correspondencia con su dimensión política e histórica. Figura controversial, como todos los grandes personajes de la historia, el comandante Castro era admirado por muchos y odiado por otros; sin embargo, su genialidad política y su trascendencia histórica eran reconocidas por todos. Fue un parteaguas, uno de esos personajes que dividen su tiempo en un ante de ellos y un después de ellos. No por casualidad nuestro Juan Bosch publicó un libro con el título De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe, frontera imperial. Colón dividió la historia de América entre antes del Descubrimiento y después del Descubrimiento; Fidel Castro, por su parte, la dividió entre antes de las revoluciones políticas y sociales modernas condicionadas por alguna potencia en América y la etapa de las revoluciones políticas y sociales modernas autónomas; dividió la historia de América en un antes de la revolución socialista y un después de la revolución socialista.
Fidel Castro nació en Birán, pequeña localidad del municipio de Cueto, en la provincia de Holguín, de Cuba, el 13 de agosto de 1926. De familia propietaria de grandes extensiones de tierras, las luchas de Castro se inician desde su ingreso a la Universidad de La Habana el 4 de septiembre de 1945, donde se matricula con el propósito de hacerse abogado. Era el inicio de una agitada vida que lo llevaría a encabezar la federación de estudiantes de la universidad y ser presidente en 1947 del Comité Pro Democracia Dominicana de la FEU, lo que motivó su participación en ese año en la expedición de Cayo Confites, organizada con el propósito de derrocar al dictador Rafael Leonidas Trujillo. La expedición fracasó y sus organizadores y demás miembros fueron detenidos por la marina cubana cuando se dirigían a República Dominicana. Solo Fidel no fue arrestado, porque se lanzó al mar y nadó hasta Cayo Saetía.
Su activismo motivó que se hallara en Colombia como delegado de la FEU a la IX Conferencia Interamericana el día de la muerte del candidato presidencial de ese país, Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, acontecimiento que produjo la revuelta popular conocida como el “Bogotazo”.
En marzo de 1952, Fidel Castro denunció al dictador Fulgencio Batista ante un Tribunal de Urgencia por violar la constitución. Rechazada su demanda, entendió que se legitimaba la lucha armada como única vía posible para derrocar la dictadura. Se dedicó entonces a organizar lo que se conoce como el “Asalto al Cuartel Moncada” el 26 de julio de 1953. La acción fue un fracaso militar. Fue detenido junto a otros compañeros que salvaron milagrosamente la vida a la represión del régimen. En juicio asumió su propia defensa y pronunció el discurso conocido como “La historia me absolverá”. Pasó 22 meses en prisión, antes de que se le amnistiara en mayo de 1955. Poco después viajó a Estados Unidos, de donde pasó a México. Aquí se estableció y organizó la expedición del Granma, que salió el 2 de diciembre de 1956 con el propósito de derrocar a Batista.
A los pocos días del desembarco en Cuba Fidel y los demás expedicionarios fueron sorprendidos por tropas del ejército en Alegría del Pío. Sus hombres fueron desbandados, pero su actitud optimista sobre la validez y el triunfo de la causa que defendía quedó claramente establecida cuando días después, específicamente 18 de diciembre, sin saber qué había sido de cada uno, Fidel y su hermano Raúl se encuentran en Cinco Palmas y el primero le pregunta al segundo cuántas armas tiene; al este responder que tienen cinco. Fidel entonces le dice: “y dos que tengo yo, ¡siete! ¡Ahora sí ganamos la guerra!”. La historia es conocida. La revolución encabezada por Fidel triunfa el 1 de enero de 1959. Él entra a La Habana de manera triunfal el 8 de ese mes y año, al mismo tiempo que se abre paso y se coloca en un sitio preferencial de la historia política de América y del Mundo.
Gobernó Cuba hasta el 31 de julio de 2006, cuando delegó provisionalmente la dirección del gobierno, y luego, en el año 2008, lo hizo de manera definitiva debido a problemas de salud. En Cuba no hay una sola plaza, ni calle, ni parque con su nombre ni con una estatua suya; tampoco su cuerpo inerte será embalsamado con el alegato de conservarlo para la posteridad. Fidel no necesita de esos artificios de que se valen los propiciadores del culto a la personalidad. Su imagen y su ejemplo lo conservan los cubanos y gran parte de América y del resto del mundo en sus mentes y en sus corazones.
Ese es el hombre que ha muerto en estos días, y al que su pueblo le rinde merecido tributo. Su obra está ahí, y habla con elocuencia de su buen juicio, su visión y la dedicación con que supo ser fiel a la causa de la revolución. ¡Hasta siempre, comandante Fidel! La causa legítima sigue siendo la de nuestros pueblos, y más temprano que tarde la victoria les sonreirá, guiados por ejemplos como el suyo. En ese momento volveremos a encontrarnos. Hasta entonces, pues.



