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Por: Carlos Manzano | Las últimas encuestas políticas publicadas han dejado una señal
que ya no puede ocultarse detrás de discursos triunfalistas ni aparatos
propagandísticos: el oficialismo atraviesa un evidente proceso de
desgaste y deterioro de su imagen pública.
Después de seis años de gobierno, el Partido Revolucionario
Moderno (PRM) ya no proyecta aquella imagen de fuerza arrolladora e
invencible que utilizó para conquistar y retener el poder. Hoy luce
golpeado por sus propios errores, atrapado entre promesas incumplidas,
improvisaciones constantes, graves casos de corrupción, y un creciente
desencanto social.
Y aunque algunos sectores opositores quizás todavía no logran
dimensionar la magnitud del momento político que vive el país, la
verdad es que el primer gran triunfo de la oposición ya ocurrió:
desmontar políticamente al monstruo electoral que parecía imposible de
derrotar.
Porque el verdadero poder del oficialismo nunca estuvo
únicamente en la estructura del Estado ni en el manejo de los recursos
públicos. Su mayor fortaleza era la percepción de invulnerabilidad que
lograron construir, mediante un discurso, muy bien montado, de
transparencia y combate a la corrupción.
Sin embargo, esa narrativa comenzó a derrumbarse frente a una
realidad que la población vive todos los días: el alto costo de la vida, el
deterioro de los servicios, la corrupción en su máxima expresión, la
impunidad, la inseguridad, el sentimiento de abandono y la creciente
frustración de miles de dominicanos que sienten que el gobierno perdió
conexión con la realidad nacional.
Ante ese escenario, la oposición dominicana debe actuar con
extrema prudencia en esta coyuntura. Debe entender que el país no
atraviesa un momento para aventuras personales ni para guerras de
egos. Este es un escenario que exige madurez, inteligencia y sentido de
responsabilidad histórica.
Cada partido tiene derecho a fortalecer su proyecto, defender su
liderazgo y trabajar para crecer electoralmente. Eso es parte natural de
la democracia. Lo peligroso sería convertir a los demás sectores
opositores en enemigos principales, mientras el oficialismo observa
cómodamente cómo sus adversarios se destruyen entre sí.
Porque existe una verdad que la población dominicana difícilmente
perdonaría a los partidos de la oposición: que, por intransigencia, odio,
egoísmo, cálculos individuales o ambiciones particulares, terminen
facilitando la continuidad del PRM en el poder.
La gente les podrá aceptar diferencias ideológicas, competencias
electorales y confrontaciones normales dentro de la democracia. Lo que
no aceptará jamás es que, teniendo la oportunidad histórica de producir
un cambio político, la oposición desperdicie ese momento por
incapacidad de actuar con sensatez.
Si el oficialismo lograra mantenerse en el poder en medio del
desastre en la gestión de gobierno que hoy exhibe, no sería por méritos
propios. Sería, más bien, por los errores de una oposición incapaz de
comprender que en una eventual segunda vuelta el verdadero
adversario no estaría dentro del bloque opositor, sino en el Palacio
Nacional.
Por eso resulta indispensable que desde ahora comience a
construirse una cultura de entendimiento político mínimo entre las
fuerzas opositoras. No necesariamente una alianza formal ni acuerdos
artificiales, sino un compromiso democrático elemental: quien no logre
pasar a la segunda vuelta debe tener la madurez de respaldar al que sí
lo consiga.
Ese simple gesto de sensatez podría definir el futuro político del
país, en procura del bienestar del pueblo.
Porque la sociedad dominicana parece haber enviado ya un
mensaje claro: el oficialismo puede ser derrotado. Pero ahora la gran
pregunta es si la oposición tendrá la inteligencia suficiente para no
rescatar, con sus propios errores, a un gobierno que la gran mayoría de
la población considera agotado.
La historia política suele ser cruel con quienes desperdician
oportunidades excepcionales. Y quizás la peor condena que podría
recibir la oposición dominicana sería quedar marcada como responsable
indirecta de prolongar un modelo de gobierno que gran parte del país ya
comenzó a rechazar.






