Lo realmente bueno está siendo poco resaltado

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Por: Yulibelys Waldelpool | Durante mucho tiempo he escrito sobre buena administración, mérito, eficiencia, cumplimiento de la ley, responsabilidad institucional y la necesidad de que el Estado coloque a la persona en el centro de sus decisiones. He defendido que una Administración pública funciona mejor cuando reconoce a quien trabaja bien, cuando el mérito pesa más que las relaciones, cuando se responde a tiempo, se planifica, se previene y se entiende que detrás de cada expediente hay una persona esperando una solución. Pero cada vez estoy más convencida de que esta conversación no puede quedarse solamente dentro del Estado. Hay una pregunta anterior que también debemos hacernos como sociedad: ¿qué estamos resaltando y qué estamos enseñando a las nuevas generaciones a entender como éxito, liderazgo y trascendencia?

Vivimos en una época en la que parecer importante muchas veces recibe más atención que hacer cosas importantes. La exposición se confunde con trascendencia; tener seguidores, con tener influencia real; ocupar una posición, con haber construido una trayectoria; exhibir riqueza, con haber alcanzado el éxito. No es un fenómeno exclusivamente dominicano. Las redes sociales han convertido buena parte de la vida cotidiana en una vitrina y han hecho de la atención una especie de moneda. Pero aquí también debemos mirarnos. Porque mientras damos enorme visibilidad a lo estridente, lo controversial, lo inmediato y lo espectacular, muchas veces pasa casi inadvertido quien estudia durante años, quien se prepara, quien trabaja correctamente, quien construye una empresa generando empleos, quien ejerce una función pública con honestidad, quien educa, quien investiga, quien sirve desde una comunidad o quien simplemente decide hacer las cosas bien aunque nadie lo esté mirando.

Y esto importa mucho más de lo que parece. Lo que una sociedad resalta, termina convirtiéndose en referencia. Si el mensaje permanente es que vale más aparentar que construir, llegar rápido que llegar correctamente, tener poder que servir, o hacerse visible que ser útil, no debería sorprendernos que muchas personas organicen sus aspiraciones alrededor de esos mismos valores. Después reclamamos mejores funcionarios, mejores profesionales, empresarios más responsables, dirigentes políticos con mayor preparación y personas más comprometidas con su entorno, pero quizás también debemos revisar cuáles son los modelos de éxito que estamos colocando frente a ellas.

En la Administración pública esta reflexión resulta indispensable. He insistido muchas veces en que el mérito debe imponerse sobre el parentesco, que responder a la persona no es una cortesía sino una obligación, que la transparencia debe formar parte natural del ejercicio público y que un Estado fuerte no es aquel que puede hacerlo todo, sino aquel que sabe ejercer su poder dentro de límites. Pero ninguna reforma administrativa será suficiente si culturalmente seguimos valorando más el cargo que el servicio, más la cercanía al poder que la preparación y más la notoriedad que los resultados. Las instituciones también se transforman cuando comenzamos a reconocer a quienes dentro de ellas trabajan con vocación, competencia, honestidad y sentido de responsabilidad.

La política tampoco puede quedar fuera de esta conversación. Con frecuencia, la atención pública se concentra en el conflicto, el escándalo, la confrontación o la figura que logra generar mayor ruido. Y, sin embargo, también existen personas haciendo política desde la formación, el trabajo territorial, la construcción de propuestas, la escucha, la disciplina y la vocación de servicio. Hay dirigentes que estudian los temas, que se preparan antes de asumir responsabilidades, que construyen equipos, que forman a otros, que trabajan durante años sin ocupar necesariamente los primeros titulares. Si queremos elevar la calidad de la política, también debemos comenzar a hacer más visibles esos esfuerzos. La política necesita referentes de preparación, ética, servicio y trabajo constante, no solamente figuras capaces de captar atención.

Lo mismo ocurre en cada profesión y en cada vocación. Hay médicos que se preparan durante años y siguen estudiando toda su vida; maestros que transforman generaciones desde un aula; abogados que construyen su ejercicio sobre el estudio y la responsabilidad; emprendedores que comienzan con pocos recursos y sostienen durante años un proyecto; comunicadores que investigan antes de informar; artistas que desarrollan su talento con disciplina; servidores públicos que cumplen su deber sin esperar reconocimiento; madres y padres que hacen enormes sacrificios para formar a sus hijos. Hay un esfuerzo personal, muchas veces silencioso, que sostiene buena parte de lo que funciona en nuestra sociedad y que quizás estamos resaltando demasiado poco.

Por eso también necesitamos repensar el concepto de trascendencia. Trascender no necesariamente significa que todo el mundo conozca nuestro nombre. Se puede trascender formando a una persona, resolviendo correctamente un problema, sirviendo desde una institución, construyendo una empresa, ejerciendo con dignidad una profesión, aportando desde una comunidad o dejando un ejemplo que otros decidan seguir. El verdadero impacto no siempre llega acompañado de visibilidad. Muchas veces se construye lentamente, a través de años de formación, esfuerzo, disciplina y coherencia.

También debemos repensar qué entendemos por éxito. Tener aspiraciones económicas, profesionales o políticas es legítimo y necesario. Una sociedad necesita personas que quieran crecer, producir, dirigir, innovar, crear y alcanzar posiciones importantes. El problema aparece cuando el éxito se separa completamente del propósito, del esfuerzo, de la ética, de la preparación y de la utilidad social. Porque entonces comenzamos a valorar únicamente el resultado sin preguntarnos cómo se alcanzó, qué se construyó durante el camino o qué aporte produjo para los demás.

Y precisamente por eso no creo que todo esté perdido. Al contrario. Hay muchas personas haciendo las cosas bien. Hay jóvenes preparándose, profesionales estudiando, servidores públicos comprometidos, políticos construyendo desde la formación, empresarios generando oportunidades, maestros formando, familias educando y ciudadanos —personas, en definitiva— asumiendo responsabilidades todos los días. Quizás el problema es que esas historias reciben menos atención que otras. Nuestra tarea también debería ser aprender a mirar hacia ellas.

Tal vez necesitamos volver a destacar aquello que parece sencillo, pero sostiene cualquier sociedad: estudiar, trabajar, servir, respetar, prepararse, construir, perseverar y actuar con integridad. No porque debamos idealizar el pasado ni porque todo tiempo anterior haya sido mejor, sino porque una sociedad que pretende avanzar necesita tener claro cuáles comportamientos quiere multiplicar. Podemos modernizar las instituciones, digitalizar servicios, aprobar mejores leyes y establecer nuevos mecanismos de control, pero ninguna transformación será verdaderamente sostenible si no construimos al mismo tiempo una cultura que reconozca a quienes hacen las cosas bien.

Lo realmente bueno no ha dejado de existir. Está ocurriendo todos los días, muchas veces lejos de las cámaras, de las tendencias y de la atención pública. Hay personas esforzándose de manera genuina, preparándose, sirviendo y construyendo desde su propia vocación. Quizás ha llegado el momento de mirar más hacia ellas, de resaltarlas y de recordar que la sociedad que queremos también se construye haciendo visibles los ejemplos que vale la pena multiplicar.