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Por: Héctor Olivo | Los toques de pailas, calderos y otros utensilios de cocina en protesta por la situación de malestar predominante en la República Dominicana, a lo que se le llama cacerolazo, ocuparon la atención de los medios periodísticos, las redes sociales y la opinión pública en general.
Las bien logradas descripciones de reporteros y redactores se quedan cortas ante el hecho vivencial de esas jornadas.
Cinco minutos escuchando el sonido metálico de esos toques manifiestan la indignación colectiva por el alto precio de la comida, los apagones, la inseguridad, el alza de los combustibles y el desplome de todos los servicios públicos.
Desde los balcones de torres de edificios y de diferentes viviendas, se observó a jóvenes y adultos tocando esos recipientes como si respondiera a una partitura musical, porque en los toques se aprecia el ritmo que conllevan la cólera e irritación de los ciudadanos.
Las generalizadas protestas coinciden con las altas temperaturas que generan un sofocante calor y la incomodidad de plantas eléctricas sustituyendo el servicio de energía, o el funcionamiento de los inversores.
En uno de los residenciales, se resaltó una larga caravana de motores desfilando por las calles y tocando bocinas en señal de protesta.
A las protestas hogareñas de los cacerolazos se suman las quejas de agrupaciones, gremios y hasta comunidades que protestan por razones diversas.
En la semana en curso, se realizó el paro convocado por el Colegio Médico en los hospitales debido al apresamiento de dos galenos; mientras que en Licey al Medio, municipio de Santiago, se reportó un paro de actividades.
Por otro lado, la indignación en el sector Herrera, Santo Domingo Oeste, por la muerte de un joven a manos de integrantes de una patrulla de la Policía se extendió durante toda la semana.
Asimismo, los transportistas de Santiago aumentaron los precios del pasaje y las clínicas privadas amenazan con no recibir el seguro de algunas ARS.
En la comunidad de La Cuaba protestan contra la instalación de una planta de reciclaje y, frente al Palacio del Congreso Nacional, se instaló un campamento de protesta en horas de la noche.
Apagones, protestas y cacerolazos: una tormenta perfecta para un Gobierno con una notoria debilidad institucional.






