Además de conmemorarse un nuevo aniversario, el 154, del inicio de la Guerra de la Restauración, fecha de relevancia para la familia peledeísta, a la que Juan Bosch enseñó a admirar a los héroes nacionales y a estudiar sus hazañas históricas, el día 16 de este mes el país vivió una experiencia política aleccionadora de mucha significación. Se trata de la elección sin inconvenientes de los bufetes de los cuerpos legislativos y de los bufetes directivos de las salas capitulares de los cabildos.
En el Senado y en la Cámara de Diputados no había ninguna duda de que el proceso eleccionario se desarrollaría sin problemas. Las aprensiones de que se presentarían inconvenientes se centraron en las elecciones de los cabildos y los distritos municipales. ¿Por qué? Porque un sector de la oposición, que aún no se ha curado de la manía de actuar de manera irreflexiva y de poner siempre los intereses particulares por encima de los nacionales, se empeñó en tratar de deslucir esas elecciones. Con ese propósito lo primero que hicieron fue anunciar el desconocimiento de la denominada “regla de oro” que desde hace años se viene aplicando en la conformación de los bufetes de los cabildos y de la dirección de los distritos municipales.
La ceguera política del insinuado sector de la oposición no reparó en que la mencionada regla fue una iniciativa del que supuestamente consideran su líder, el doctor José Francisco Peña Gómez, con la que se ha garantizado fortaleza institucional a los cabildos. Dijeron, en su afán de crear situaciones para enfrentar al gobierno, que la mencionada “regla de oro” ya no tiene razón de ser.
Pese a los esfuerzos que esos bravucones hicieron por deslucir la escogencia de los bufetes directivos de los concejos de regidores, las elecciones transcurrieron como manda Dios. Sólo en dos municipios no se logró hacer la elección: Villa Tapia, de Salcedo; y en Vicente Noble, provincia Barahona, en ninguno de los cuales se registró ningún tipo de fricción entre los regidores. En Villa Tapia no hubo elección porque uno de los regidores y su suplente estaban fuera del país, y la votación resultó empatada 3 a 3.
En este proceso eleccionario se pusieron de manifiesto dos cosas; primero, la vocación por la derrota de ese sector oposicionista, que siempre apuesta a la confrontación antes que a la concertación, y, segundo, la vocación por el consenso que prima en el PLD. Precisamente, esa vocación fue la que llevó al Partido a gestionar y lograr acuerdos con los reformistas y los perredeístas, y presentar planchas de consenso en los cabildos en función de a cuál pertenecía el síndico.
Así las cosas, los que apuestan a la beligerancia, a la contienda, resultaron nuevamente derrotados, en tanto que salieron por la puerta ancha los que tienen una visión constructiva de la política y, en consecuencia, actúan siempre procurando soluciones a los problemas. Esa es la historia que en otros escenarios el país ha venido observando en los últimos trece años. Y que, al parecer, seguirá viendo.



