PADRE NUESTRO…

Por: Pablo del Rosario | Es la oración que Jesús enseño a sus discípulos. Hoy, muchos la repetimos al levantarnos y/o al acostarnos,
las motivaciones son múltiples, solo me referiré a las siguientes:
Glorificar el nombre del Padre, pedir el pan cotidiano, el perdón, la protección, reconocer su poder y su
gloria. Así concluye la oración.

Glorificar su nombre, implica algo más que una alabanza, es también hacer su voluntad: amar al prójimo
como a nosotros mismos. Eso sintetiza la segunda mitad de los diez mandamientos. Cumpliendo ese
mandato promovemos el cese del clima de violencia que hoy nos abate.

Pedir el pan de cada día en esta época, revela el conocimiento de lo difícil que esta obtenerlo, dada la
carestía de los rubros que integran la canasta básica. Esa petición, amerita ser representada en negrita y
subrayada, debido al significado que tiene para la mayor parte de la ciudadanía ubicada en el segmento
de clase media hacia abajo.

Imploramos el perdón de nuestras ofensas, expresando que perdonamos a los que nos ofenden. Ojalá se
cumpliese plenamente esa afirmación, porque de ser así, desaparecerían la venganza, el odio, el rencor y
otros males que nos destruyen como conglomerado social.

No dejarnos caer en tentación, es la mejor medida de orientación y salvaguarda que pudiera darnos el
Padre, porque vivimos en un ambiente de falsedad, soborno, engaño y otros pecados que, apartarnos de
ellos, equivale a blindar nuestra debilidad humana.

Librarnos de todo mal, es dotarnos de un escudo preventivo que nos permita esquivar acechanzas, robos,
atracos y la gama de riesgos que corremos a cualquier hora del día y la noche.
Reconocer al Padre como dueño del poder y la gloria, evidencia que tenemos la fe suficiente y necesaria
para confiar plenamente que todas las peticiones contenidas en esta oración serán satisfechas.
Amen.