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Por: Osiris Mota | SERVIR AL PARTIDO PARA SERVIR AL PUEBLO.
Muchos dentro de nuestro partido PLD, entienden que perdimos las elecciones 2020, entre otros factores, por la gran abstención electoral, que nos afectó más que a todas las demás organizaciones. Pero antes que buscar las causas fuera, debemos analizar, qué hicimos para merecer el rechazo y preguntarnos qué tendría que cambiar dentro del partido para que ese lema deje de ser solamente una declaración política y se convierta en una conducta concreta del militante y del dirigente, que nos retorne la confianza del pueblo.
Con este artículo, pretendo humildemente hacer un análisis, desde mis perspectivas, que podamos discutir y abordar las cuestiones pertinentes que nos arrojen luz para ganar la confianza de la sociedad nuevamente, y podamos superarnos y jugar el papel que como partido de liberación social nos hemos asignado.
La revelación del estudio realizado por Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH), a través de su Centro de Asesoría y Promoción (CAPEL) viene a revelar lo que todos sabemos en relación con la aceptación de la sociedad de las instituciones políticas y otras con vinculación en la gobernanza social. El 75% de la población votante cree en la democracia, pero difiere sobre la aceptación y confianza al sistema partidario, que resalta la contradicción porque la democracia solo es posible con la existencia como base de la gobernanza de los partidos políticos.
Una de las principales causas del descreimiento de la población con las instituciones y sobre todo con los partidos, ha sido el exceso de ofertas y promesas y el incumplimiento de estas. Esto ha venido alejando a los ciudadanos de la participación política y la pérdida de confianza, dejando a las organizaciones llena de individualistas y populistas lo que va en detrimento de la calidad de los partidos, que solo buscan el poder, y no el servir.
La crisis de los partidos puede ser también parte de una crisis más amplia de la sociedad, en que los líderes sociales y políticos tienen una cuota de responsabilidad.
Cuando disminuyen las asociaciones comunitarias, sindicales, culturales, religiosas, deportivas, profesionales y vecinales, disminuyen también los espacios donde las personas aprenden a cooperar y resolver problemas colectivamente. Esos espacios se han ido perdiendo y los que quedan, están contaminados por los intereses particulares.
II. CAPITAL SOCIAL Y POLÍTICAS PÚBLICAS.
No hace falta que todos los políticos sean corruptos. Basta con que exista la percepción de que algunos utilizan el Estado para beneficio personal, familiar o partidario. La OCDE identifica precisamente la integridad, la transparencia, la rendición de cuentas y la eficiencia como factores fundamentales de la confianza.
Los partidos no han logrado mantener la conexión con la comunidad, y más cuando llegan al gobierno, y empeñado en mantener los privilegios personales, los funcionarios no se dedican hacer políticas públicas diseñada en conjunto con la comunidad, a la que le ofrecieron sin tener el cielo y la tierra con lagos y peces.
Pero más importante es que los partidos, han dejado de ser instituciones con principios y valores que le den la fortaleza y la capacidad de transformar la sociedad, porque se han olvidado de crear ciudadanía, ciudadanos capaces, eficientes con ideas sociales, o sea la creación de capital social necesario para crear, diseñar e implementar políticas públicas.
Si los partidos han dejado de ser escuelas de ciudadanía y se han convertido, exclusivamente en máquinas electorales, pierden precisamente la función que Tocqueville consideraba esencial para la democracia. Un partido democrático no solamente debe preparar candidatos para ganar elecciones, debe preparar ciudadanos para gobernar. O sea, que, desde la oposición, los partidos siguen fortaleciendo y desarrollando la gobernanza social para el bien común.
III. LA RELACIÓN CON EL CAMBIO.
Ante su afán populista de las direcciones de los partidos, y su desconexión con la gente, no han evolucionado, un factor que influye también para mantenerlo alejado, en un mundo presa de la tecnología y las redes sociales que cambiaron la relación entre ciudadano y político.
Antes el político tenía periódicos, radio y televisión como intermediarios. Hoy cualquier ciudadano puede cuestionarlo directamente. Eso democratiza la comunicación, pero también ha creado una política basada muchas veces en reacción inmediata, indignación y espectáculo, en lugar de reflexión y políticas públicas sometida al debate colectivo. La gente se ha refugiado en su individualidad, hoy tiene menos relevancia la convivencia social presencial, refugiándose en las alternativas que ofrece la tecnología y sus redes sociales.
Los partidos tienen un reto por delante si no quieren seguir disminuyendo su influencia. Deben buscar la forma de ganar la confianza, y para eso van a necesitar hacer cambios en su modo de actuar. Recuperar la confianza no será un ejercicio fácil, ni rápido ni simple. Es más complejo de lo que cree su dirección política. La participación de los sectores, comunidad, no solo depende de que los escuchen, es que lo involucren en las acciones y la toma de decisiones.
Un partido democrático originalmente debería cumplir varias funciones:
Educar políticamente → organizar a la ciudadanía → interpretar sus necesidades → formar dirigentes → presentar propuestas y proyectos → administrar el Estado cuando recibe el mandato → escuchar a los sectores, y rendir cuentas, asumiendo su compromiso y responsabilidad de transformar la sociedad en beneficio del bien común.
El futuro de los partidos democráticos no dependerá solamente de que sepan ganar elecciones. Dependerá de que sean capaces de recuperar la confianza de la sociedad demostrando que la política puede volver a ser una forma organizada de servir al pueblo.
IV. INSTITUCIONES FUERTES.
Los partidos nuestros, sufren la debilidad que se han sometido en muchas circunstancias, a los poderes fácticos, y actuados con dobleces producto del financiamiento de sus campañas, lo que ha contribuido al debilitamiento como instituciones, degradando aquellas a las cuales dirigen, lo que ha sido el mayor fracaso y la pérdida de confianza de la sociedad.
Thomas Friedman sostiene en su libro GRACIAS POR LLEGAR TARDE, que las instituciones políticas y económicas robustas son el sistema operativo fundamental de una sociedad, y que la velocidad actual de la tecnología y el cambio climático (los «superpoderes» de nuestra era) está superando la capacidad histórica que tienen esas instituciones para adaptarse.
Para él, contar con buenas instituciones —como un poder judicial independiente, regulaciones transparentes, sistemas educativos de calidad y gobiernos estables— es la diferencia crítica entre los países que logran prosperar con la innovación y los que se quedan rezagados o colapsan en el desorden.
Daron Acemoglu y James A. Robinson sostienen en su obra Porque fracasan los países, que la causa fundamental de que un país prospere o fracase no es la geografía, la cultura o la ignorancia de sus líderes, sino sus instituciones económicas y políticas.
En su obra, dividen las instituciones en dos tipos:
Instituciones inclusivas: Aquellas que protegen los derechos de propiedad privada, garantizan un estado de derecho predecible, permiten la participación amplia en la economía, fomentan la innovación y abren el juego político a la competencia. Son el motor del crecimiento sostenido.
Instituciones extractivas: Aquellas diseñadas para concentrar el poder y la riqueza en manos de una élite reducida, limitar la participación ciudadana, bloquear la competencia económica y apropiarse del esfuerzo de la mayoría. Son la causa directa de la pobreza y el estancamiento.
Para los autores, el desarrollo económico depende de un círculo virtuoso donde las instituciones inclusivas generan prosperidad y limitan el poder político, mientras que el fracaso nacional se explica por círculos viciosos donde las élites extractivas bloquean cualquier intento de cambio institucional para mantener sus privilegios.
Francis Fukuyama ha insistido en la importancia de las instituciones, la confianza y el capital social.
Una democracia no puede funcionar adecuadamente si las instituciones son débiles y los ciudadanos consideran que las reglas se aplican de manera diferente dependiendo de quién tenga poder.
De ahí surge una cuestión fundamental:
No basta con tener instituciones democráticas; hay que conseguir que los ciudadanos confíen en que funcionan. La crisis de los partidos no se resuelve solamente cambiando dirigentes. Se resuelve recuperando la función social, educativa, ética y representativa de la política, creando capital social y políticas públicas inclusivas.
Si el partido no forma militantes para servir, termina formando personas para conquistar posiciones.
Y entonces ocurre exactamente lo que estamos analizando: el ciudadano deja de ver al partido como instrumento de transformación social y comienza a verlo como instrumento de poder, perdiendo la confianza de la sociedad. SERVIR AL PARTIDO PARA SERVIR AL PUEBLO.






