DEL CAOS AL ORDEN, y la libertad

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Por: Osiris Mota | Entre Thomas Hobbes y Jean-Paul Sartre

La patria, entendida como el sentimiento de pertenencia que une a los ciudadanos, necesita de instituciones sólidas que canalicen las aspiraciones, necesidades y proyectos de la sociedad. La nación, el país y el conjunto de la comunidad política requieren estructuras capaces de organizar la vida colectiva, coordinar esfuerzos y promover el bienestar común.

Para ello existe el Estado, la institución encargada de ejercer la autoridad legítima, establecer normas y garantizar su cumplimiento dentro del marco de la ley. Sin ese entramado institucional resulta difícil mantener la cohesión social necesaria para alcanzar metas comunes y construir un proyecto nacional duradero.

Sin embargo, la sociedad no está formada únicamente por instituciones. Está compuesta por individuos que existen, deciden y construyen su propia identidad. Como plantea Jean-Paul Sartre, el ser humano está condenado a ser libre; vive dentro de un universo que no controla completamente, pero posee la capacidad de elegir sus acciones y asumir la responsabilidad de sus consecuencias.

Cada persona persigue sus aspiraciones, enfrenta sus temores y toma decisiones dentro del marco de libertad que le corresponde. Es precisamente esa suma de libertades individuales la que da forma a la sociedad. Pero también es cierto que no vivimos solos. Nuestros deseos y objetivos suelen encontrarse con los intereses de otros que reclaman los mismos espacios, recursos y oportunidades.

Cuando no existen reglas claras ni autoridad suficiente para arbitrar esos conflictos, surge el caos. Los intereses particulares chocan entre sí y la convivencia se deteriora. Es aquí donde cobra relevancia el pensamiento de Thomas Hobbes. Para este filósofo inglés, sin orden no puede existir una sociedad estable. La paz requiere de una autoridad capaz de imponer normas y hacerlas respetar. De esa necesidad nace el Estado, concebido como garante de la seguridad colectiva y de la convivencia pacífica.

Hobbes entendía que el poder político surge para contener el miedo, la violencia y la incertidumbre que pueden dominar a los seres humanos cuando no existe una autoridad reconocida. El orden, por tanto, no es un fin en sí mismo, sino una condición necesaria para el desarrollo de la vida social.

Pero Sartre nos recuerda que el orden tampoco puede sostenerse únicamente mediante la fuerza de las leyes. Ninguna sociedad próspera si sus ciudadanos renuncian a su responsabilidad individual. Las instituciones pueden crear las condiciones para la convivencia, pero corresponde a cada persona asumir conscientemente su papel en la construcción del bien común.

Entre la necesidad de orden señalada por Hobbes y la defensa de la libertad propuesta por Sartre se encuentra el desafío permanente de toda sociedad: construir un Estado fuerte en sus instituciones, pero respetuoso de la dignidad, la autonomía y la responsabilidad de los ciudadanos.

Lamentablemente, las malas decisiones públicas, la debilidad institucional y la falta de madurez política han ido deteriorando la disciplina social necesaria para alcanzar metas colectivas. Con frecuencia observamos señales de agotamiento, estrés social y desconfianza, fenómenos que afectan la convivencia, debilitan el sentido de comunidad y dificultan la construcción de un futuro compartido.

Muchos de nuestros líderes parecen haber olvidado que su principal responsabilidad es administrar el poder en beneficio de la sociedad, preservando el orden, promoviendo el desarrollo con equidad y garantizando las libertades necesarias para el progreso humano.

Por ello, resulta indispensable fortalecer el contrato social que nos une como nación. Necesitamos instituciones más confiables, ciudadanos más comprometidos y líderes con visión de Estado, capaces de comprender las causas profundas de nuestros problemas y de convocar a la unidad, al diálogo y a la concertación.

Solo así podremos transitar del caos al orden, no mediante la imposición arbitraria ni mediante una libertad sin límites, sino a través del equilibrio entre autoridad y responsabilidad, entre ley y conciencia, entre Estado y ciudadanía. Ese equilibrio es la base de la paz social y del desarrollo sostenible que toda nación aspira a alcanzar.