|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Por: Osiris Mota | Los partidos políticos nacieron para organizar la voluntad popular y conducir democráticamente el Estado, pero su verdadera dimensión trasciende la competencia electoral. Son escuelas de ciudadanía, espacios de formación de líderes y vehículos para construir un proyecto de nación. El profesor Juan Bosch concebía al Partido de la Liberación Dominicana como una organización de cuadros, disciplinada, ética y comprometida con elevar la conciencia política del pueblo, convencido de que ningún país puede alcanzar un desarrollo sostenible sin instituciones fuertes y sin ciudadanos formados para ejercer responsablemente sus derechos y deberes.
Nuestro país cruza un camino empedrado de problemas, agudizados muchos por la administración del Partido Revolucionario Moderno, sin que los demás partidos responsables de formular una oposición dinámica y comprometida hagan lo necesario para detener el deterioro de las instituciones de la democracia que estamos atravesando. Incluso, dejándose sustituir por las voces altisonante sin fundamentos ni estructura, de las redes sociales. Lo que pone en riesgo peligroso la salud de la democracia dominicana, con la llegada de un Mesía, redentor, por equivocación de los votantes ante la falta de confianza de sus partidos.
La primera responsabilidad de un partido es representar auténticamente a la sociedad. Esa representación no se limita a obtener votos cada cuatro años, sino que exige escuchar permanentemente a trabajadores, productores, empresarios, jóvenes, mujeres y comunidades, interpretando sus aspiraciones y convirtiéndolas en propuestas viables de políticas públicas. Cuando un partido pierde contacto con la realidad cotidiana de la gente, se debilita su legitimidad y se rompe el vínculo de confianza que constituye la base de toda democracia sólida.
La segunda misión consiste en formar dirigentes y seleccionar candidatos con capacidad, honestidad y vocación de servicio. Los gobiernos son el reflejo de la calidad de los líderes que los partidos producen. Por ello, la formación política, técnica y ética debe ocupar un lugar central en la vida partidaria. La improvisación, el individualismo, el populismo y la búsqueda de intereses particulares nunca podrán sustituir el mérito, la preparación y el compromiso con el bienestar colectivo. Así se fortalece la institucionalidad democrática.
Igualmente, esencial es promover la participación ciudadana y el debate de las ideas. En una época caracterizada por la inmediatez de las redes sociales, la desinformación y el descrédito de la política, los partidos tienen el deber de volver a las comunidades, escuchar a la población y abrir espacios para que las nuevas generaciones participen activamente en la construcción del país. La democracia no se sostiene únicamente con elecciones; necesita ciudadanos comprometidos, informados y conscientes de que la política es el principal instrumento para transformar la realidad social, y nosotros tenemos muchos problemas básicos, que los partidos no están asumiendo con la responsabilidad requerida, como es el problema de la educación y la salud del pueblo dominicanos y otros no menos mortificante, como el tránsito y la inseguridad ciudadana.
Otra función esencial consiste en construir programas de gobierno que respondan a los grandes desafíos nacionales. El desarrollo económico, la generación de empleos de calidad, el fortalecimiento de la educación, la seguridad ciudadana, la protección del medio ambiente, el respaldo a las MIPYMES y la modernización del Estado requieren propuestas responsables, sustentadas en evidencia y en una visión de largo plazo. Un partido político demuestra su madurez cuando ofrece soluciones concretas y no únicamente críticas a quienes gobiernan. Así la gente va confiando y aceptando la importancia de las organizaciones políticas.
La educación cívica constituye, quizás, la función más trascendente de todas. La democracia necesita ciudadanos que conozcan la Constitución, respeten las leyes, comprendan el funcionamiento de las instituciones y participen responsablemente en los asuntos públicos. Ese fue uno de los mayores legados de Juan Bosch: entender que la formación política del pueblo era indispensable para consolidar una democracia auténtica y evitar que el poder se ejerciera sin controles, sin principios y sin responsabilidad social. Recuperar esa vocación educativa representa hoy uno de los mayores desafíos de los partidos y, particularmente, del Partido de la Liberación Dominicana.
En el momento histórico que vive la República Dominicana, el PLD tiene la oportunidad de reencontrarse con las bases doctrinarias que inspiraron su nacimiento y renovar su compromiso con la sociedad dominicana. Más que una organización orientada a competir por el poder debe reafirmarse como un instrumento de transformación social, capaz de formar ciudadanos, generar ideas, defender la institucionalidad democrática y ofrecer soluciones a los problemas nacionales. Cuando un partido cumple plenamente estas funciones, fortalece la democracia, recupera la confianza de la ciudadanía y contribuye de manera decisiva al progreso, la justicia social y el desarrollo sostenible de la nación.
El PLD debe asumir y dirigir la lucha por la conquista del bienestar de la sociedad. La agenda del partido debe dar prioridad a aquellas dificultades que tiene nuestra gente en el transporte, la alimentación y la salud. Procurar mejorar la educación y la seguridad ciudadana. La nación no esa bien, y los problemas sociales deben estar por encima de los intereses particulares de nuestros dirigentes.





